lunes, 26 de agosto de 2013

La senda de la creación

Tras la senda helicoidal  Todo empezó en noviembre del 2001, y empezó por el final; pues fue eso lo primero que se me ocurrió. Escribí rápidamente un esbozo de ese final, y al terminarlo me dije: “Muy bien. ¿Y ahora cómo diablos empezamos esto? ¿Cómo han llegado estas almas perdidas hasta aquí? ¿Qué les ha empujado a obrar cómo obraron?” Y miles de insidiosas preguntas más, que irían surgiendo a través de los años, durante los cuales tuve etapas de escribir sin parar y de parar de escribir durante años. Pero, paradójicamente, quizá hayan sido esos últimos los más fructíferos, debido a que durante todo ese tiempo de papeles en blanco, logré introducirme como un competente actor en la piel de mis personajes; conseguir por fin entenderlos, saber en realidad lo que les motivaba, y llevarles en consecuencia ventaja, la misma que durante mucho tiempo me llevaron ellos a mí.
Esa etapa de folios en blanco empezó ya entrado el verano del 2003. Por aquel entonces, me encontraba desde hacía unos meses en el extranjero, a donde había ido sin mi pareja, en busca de respuestas y, sin saberlo, a comenzar a introducirme verdaderamente en el alma de quienes había creado. Todo lo que allí me encontré fue nuevo: el trabajo, el idioma, el paisaje, el clima, las gentes... y todo ese maremágnum de sensaciones nuevas me cautivó, llevándome finalmente a abandonar la novela, quedando encerrada en esa especie de corredor de la muerte que era mi roída y estudiantil carpeta, donde languidecían todos los papeles que más odiaba: antiguos apuntes de clase, nóminas, recibos bancarios... Y en ese indigno limbo de los injustos se quedó casi un lustro sin que nadie la tocara, invisible y alejada de alguna manera del mundo real.
Hasta que un día, cuando ya hacía tiempo que había regresado de mi autoinfligido exilio para retomar (si es que esto se puede hacer) mi antigua vida, una persona que también escribía se enteró, a causa de un desliz mío, de su existencia. Me pidió que le dejara leer lo que había escrito, prometiéndome que me daría una opinión sincera de si el encierro al que había sometido a mi novela le parecía justificado. No se lo pareció, y recuerdo que me dijo:
- Joder, me he quedado con las ganas de saber más de esos personajes. Y además ya habías anticipado la crisis que ahora estamos padeciendo.
- ¿Y eso te parece un gran mérito? – inquirí-. Todo esto lo veía venir cualquiera que tuviera los ojos abiertos. Y ése es otro de los problemas que tendrá la novela si sale ahora a la luz: donde antes hablaba en futuro, tengo que ahora hablar en pasado.
- Utiliza el tiempo verbal que quieras, pero termina de desarrollar esos personajes. Al contrario que en el libro de Oscar Wilde, tú has envejecido, pero tu libro no, por mucho que quieras convencerte de lo contrario.
Todavía no sé cómo me convenció; pero en algún momento del verano del 2008 retomé la novela, y continué trabajando en ella sin descanso hasta que en el verano del 2009 una crisis energética me obligó a tomarme unos meses de descanso: estaba como siempre con una multitud de proyectos a la vez, y mi cuerpo y mi mente en esa ocasión dijeron basta.
Obviamente, de todo aquello me recuperé, en parte gracias a la acupuntura, en parte gracias a saber el qué, y el 11 de agosto de 2010 (verano otra vez)pude parafrasear ese jugoso verso de esa gran canción de Joaquín Sabina que declama: y al final, por fin el fin.
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3 comentarios:

  1. Hola, Alberto.

    Me alegro de que al final hayas encontrado un fin.

    Un bonito blog.

    Abrazos.

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  2. No, no, no, "carita" el blog es de Alberto como mosquetero no.1, pero él quiere que sea de todos no te vas a librar!!!!!!


    Janett

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  3. Gracias, amigo e-writer. Costó un poquito pero...

    Un abrazo.

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