miércoles, 26 de febrero de 2014

Genocidio en la tierra de los mayas

Siempre que viajo acabo aprendiendo algo que ni sospechaba que iba a acabar haciéndolo; la mayoría de las veces algo bueno, pero en ocasiones también se aprenden cosas que uno no hubiese querido aprender nunca.
Antes de este viaje por Guatemala, apenas sabía, ni había oído o leído gran cosa sobre el genocidio acaecido en esas tierras contra sus habitantes primigenios. Y no, no me estoy refiriendo al infligido por los españoles en los tiempos de la conquista, sino a uno muy pero que muy reciente, uno que comenzó en la década de los sesenta, se recrudeció en los ochenta y parece que cesó a mediados de los noventa.
Y me enteré de la manera más tonta:
Iba paseando, junto a mi acompañante, por las calles de Santiago de Atitlán, cuando nos abordó un indígena, ofreciéndonos un pequeño tour en tuctuc. Nuestra primera reacción fue decir que no nos interesaba, pues nos parecía la típica "turistada". Él insistió, diciendo que valdría la pena, que nos mostraría una vista muy bonita del lago, un ritual de sincretismo y el lugar donde fueron asesinados los últimos lugareños en los tiempos de "la gran matanza". Y todo ello en una hora y pico y al módico precio de 10 quetzales por persona, es decir, casi dos euros por los dos. Después de pensarlo un instante, decidimos que apenas teníamos nada que perder. El indígena nos dijo que no nos arrepentiríamos, pues a los suyos no les gustan los típicos turistas, y que prueba de ello era que sólo había dos hoteles en Santiago (y de mala muerte), cuando en cualquier otro pueblo del lago había muchos más, como en Panajachel o San Marcos.
La cosa no empezó del todo bien, pues en la casa donde se albergaba ese año el dios sincrético Maximón, parecía que todos habían tomado demasiado, y dormitaban todavía agarrados a sus botellas. Nos lo saltamos.
Pero enseguida se puso interesante la cosa, cuando nuestro guía comenzó a hablar de las costumbres de su pueblo, de sus trajes típicos, que muchos hombres ya han abandonado, pero no las mujeres, porque les da vergüenza vestirse con ropa moderna; de cómo eran sus leyes, de su consejo de ancianos, de las diferentes lenguas que se hablaban en el lago y de cómo habían logrado mantener una cierta autonomía respecto al estado guatemalteco; lo que dio pie a platicar sobre el genocidio de indígenas por parte del ejército de Guatemala.
Las cifras de las que me habló fueron terribles, devastadoras: sólo en Atitlán fueron asesinadas 4500 personas entre 1980 y 1985, además de secuestros, violaciones y demás depravaciones, y eso que fue unas de las regiones más "favorecidas", pues aquí, por unas razones que no voy a explicar ahora, consiguieron detener el genocidio antes que en la mayor parte del país, donde las cifras definitivas oficiales alcanzan los 200.000 mil muertos hasta 1995, y las oficiosas, es decir, las de los afectados, sobrepasan los 300.000. Sin querer pecar de frío, y dada la tremenda magnitud de la cifra, supongo que tanto monta. En todo caso fue una auténtica barbarie.
-¿Y qué razón esgrimieron para hacer lo que hicieron?-pregunté.
-Que no hablábamos español-respondió.
-¡Dios mío, el mismo fanatismo españolista heredado de los reyes (ultra)católicos o de chusma tipo Franco!, que también habían prohibido durante siglos hablar la lengua vernácula de mi tierra, y eso que a pesar de que el último de esos memos era de allí- pensé.
-Pero aunque eso también los motivaba, la verdadera razón era despojarnos de nuestras tierras-dijo el indígena, como leyéndome el pensamiento.

Tras ese luctuoso tour, no podía quitarme esas cifras de la cabeza, y no podía creer que un genocidio de esa envergadura lo hubiese ignorado casi por completo; así que comencé a investigar, a corroborar esas cifras, a hablar con más gente. Y no había vuelta de hoja: desgraciadamente, el índigena de Santiago de Atitlán no había exagerado ni un ápice, esas eran las cifras, y a ellas también habían contribuido en calidad de colaboradores los, por aquel entonces, gobiernos de Estados Unidos, Israel, Argentina, Chile y México, según informes de la ONU. Y este mismo organismo ha estimado que el 90% de los asesinatos fueron cometidos por militares, de los cuales el 98% quedaron impunes.Y, para más inri, el 22 de mayo de 2013, la Corte Constitucional de Guatemala declaró ilegal la sentencia de genocidio.

Según Victoria Sanford, profesora de antropología del Lehman College y el Graduate Center de City University of New York y autora de un libro sobre los hechos, el genocidio perpetrado contra los mayas fue valiéndose de las llamadas tácticas de "tierra arrasada", con el supuesto fin de eliminar la "subversión y destruir el sustento y la capacidad reproductiva; por tal razón se ensañaron especialmente con mujeres y niños para eliminar la descendencia de los que calificaban como "subversivos" y "comunistas".
Durante esta época de terror, y siempre según Victoria Sanford, muchos indígenas fueron reclutados a la fuerza y obligados a cometer barbaridades y participar en el genocidio contra su propio pueblo.
Las aldeas y pueblos mayas no sólo fueron masacradas, sino que los sobrevivientes, que huyeron a las montañas cercanas, fueron atormentados con hambre, sed y frío, donde sus hijos murieron de inanición y enfermedades. Sus casas fueron quemadas, sus animales acribillados y sus milpas destruidas, y algunos "afortunados" acabaron con sus huesos en campos de re"educación".

Hablando con diversas personas guatemaltecas de todo esto, me recomendaron leer la novela "La hija del Puma", de la cual se hizo una película años más tarde. Pregunté por ella en varias librerías de Antigua, pero no les quedaba ningún ejemplar. Todavía sigo tratando de conseguirla, si bien en una de esas librerías compré un libro de no ficción de temática similar, el cual no he leído todavía.

Desgraciadamente, parece que no hay manera de que nos libremos de la barbarie.

"Brave new world", como diría Aldous Huxley, aquél que calificó el Lago Atitlán como el lugar más bello de la Tierra.

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