miércoles, 12 de marzo de 2014

El amor en cuatro ficciones

  Bueno, después de un tiempo hablando de temas indígenas, pasemos hablar ahora un poco del amor y de las relaciones de pareja. Como hilo conductor voy a utilizar dos magníficas películas del 2013: "La vida de Adele", ganadora de la última edición del festival de Cannes y "Antes del anochecer", tercera y, para mi gusto, mejor parte de la excelente trilogía escrita y dirigida por Richard Linklater.

  En "La vida de Adele" se nos presenta una relación lésbica entre una adolescente (Adele) y otra joven algo mayor y experimentada (Emma). Sin embargo, todo este asunto de la homesexualidad resulta poco más que anecdótico. Pues la película de lo que nos quiere hablar es del amor, o más bien de dos de las muchas caras con la que éste puede presentarse. La primera sería la que da vida el bello y increíblemente expresivo rostro de Adele, una adolescente como cualquier otra que no acaba de sentirse totalmente atraída por los chicos, como el resto de sus amigas, y comienza a preguntarse (sobre todo tras haber visto por primera vez a Emma fugazmente por la calle) si en realidad sus tendencias sexuales no estarán orientadas hacia individuos de su mismo sexo. Algo, que al menos en el caso de Emma, acaba por concretarse. Una vez que ambas se conocen se enamoran, pero lo hacen de diferente manera. Adele lo hace perdidamente, sin barreras ni restricciones, lo sacrifica todo por Emma: pierde la relación con sus amigas, se intuye que otro tanto pasa con sus padres, se va a vivir con Emma,  mostrándose siempre muy amable y solícita con sus numerosos y pedantes amigos. Adele es la pasión en estado puro, sus emociones siempre están a flor de piel y todavía conserva esa hermosa ingenuidad infantil en su rostro. Emma, por el contrario, se muestra mucho más racional e intelectual, más conocedora de sus atractivos y dirigiendo sus mayores esfuerzos a triunfar en el mundo del arte.
  Las dos parecen tener muy pocas cosas en común, algo que queda patente en las respectivas cenas de presentación a la otra familia, donde Adele oculta a sus padres su verdadera relación con Emma, mientras ésta se lo comunica con la mayor naturalidad a la suya.
  Adele viene de una familia humilde, trabajadora y algo conservadora en sus costumbres, y sus amigas parecen más o menos de la misma condición. Emma, sin embargo, proviene de una familia acaudalada, culta, abierta de mente y algo elitista.
  De las pocas cosas que parecen tener en común es su enorme entendimiento en el sexo: su pasión común, el perpetuo atajo donde siempre pueden encontrarse.
  Sin duda, las dos se quieren (y mucho), pero como casi siempre en el amor, una se entrega más que otra, y ésta es Adele. Tiene tanto amor que dar, se entrega de tal forma y siente una admiración tan grande por Emma que muy pocas parejas podrían estar a la altura; por eso cuando años más tarde llega la ruptura, Adele se siente totalmente desamparada, sin rumbo, sin saber a dónde ir, saliendo nuevamente con hombres y tratando de centrarse exclusivamente en su trabajo como profesora de preescolar; tratando tal vez de canalizar hacia esos niños todo ese amor que nunca más volverá a sentir hacia otro ser humano. Muy triste, pero durante un tiempo, mientras duró su relación con Emma, fue la chica más feliz del mundo. A partir de ahora, sólo cabe la inevitable nostalgia; pero como se dice en la también excelente película La gran belleza: "dejarnos al menos la nostalgia a todos los que hemos perdido la fe en el futuro".

   En la trilogía de Linklater se nos describe, a través de continuos y brillantes diálogos la evolución de una pareja desde que o por casualidad o por causalidad se conocen en un tren y surge la chispa del enamoramiento, hasta (por el momento) las primeras fases de reproches mutuos, de crisis y quizás de una ruptura en ciernes.
  En la primera parte de la trilogía se nos describe esa primera fase de enamoramiento entre un chico estadounidense y una chica francesa, paseando juntos por Viena. Los dos son muy jóvenes, prácticamente postadolescentes, con alguna relación anterior a sus espaldas; pero no habiendo sentido nunca una atracción física y emocional tan fuerte hacia ninguna de sus respectivas exparejas como lo que acaban sintiendo el uno por el otro en unas pocas horas. Aquí todo es magia, optimismo y encantamiento. Ambos tienen toda la vida por delante, y como casi todos los jóvenes llenos o no de inquietudes como ellos, quieren experimentarla y exprimirla, agarrarla por los cuernos.
  En la segunda parte se nos muestra a estos mismos personajes nueve años más tarde. Por circunstancias del destino, no se han vuelto a ver desde Viena. Ambos han entrado en la treintena y no han conseguido ser felices, ni siquiera él que se ha casado y ha tenido un hijo con otra mujer y está teniendo un gran éxito con su primera novela, claramente inspirada en esas horas que pasó con la chica francesa en Viena. Ella ha leído el libro, y haciéndolo no sólo ha recordado esas inolvidables y maravillosas horas en la capital austriaca, sino que éste ha sido el medio de volver a tener noticias de él después de tanto tiempo. Y, sin dudarlo, le sale al encuentro a la librería de París, donde él está presentando su novela, sin sospechar que volvería a encontrarse con aquella chica francesa de la que se enamoró y que inspiró su obra. Al volver a verse se ponen inmediatamente al día, se explican por qué no han podido volver a encontrarse, de cómo vivieron durante un tiempo en la misma manzana de New York sin saber el uno del otro, sin que el destino haya querido que allí se encontrasen, y  pasándose, cómo no, casi todo el tiempo hablando de esas horas en Viena, de lo que sintieron el uno por el otro, de la fotografía mental que allí había hecho él de ella, de cuando hicieron el amor... Todos esos instantes dice él recordarlos mucho más intensamente y con más detalle que años previos y sucesivos enteros. Ella no lo dice, pero también lo piensa. La llama sigue viva; los dos lo perciben y dejan por segunda vez que su fuego les penetre e ilumine. No les queda otra, si quieren aspirar a ser felices, que permanecer juntos, que mandar el resto de sus vidas al diablo, que empezar de nuevo.
  La tercera parte transcurre nueve años después de la segunda y 18 de la primera. Aquí ya son una pareja establecida, con dos hijas gemelas en común y ambos ya han llegado a los cuarenta. Todos se encuentran pasando el verano en Grecia, junto con el hijo de él, fruto de su matrimonio anterior. De hecho, la vuelta a Estados Unidos de éste significará el detonante que dé comienzo a una crisis de pareja. Él echa de menos a su hijo, siente que se está perdiendo los años más importantes de su vida, cuando más lo necesita. Esto le hace dudar de algunas de las decisiones de su vida, no de su pareja ni de sus otras hijas, pero sí de donde vive con ellas, pues le gustaría estar más cerca del muchacho. Aquí casi todo atisbo de romanticismo se ha esfumado, roto en mil pedazos por la demoledora contundencia del mundo real. Ya no están "solos en el mundo" como en Viena; tienen hijos, ya no se deben únicamente el uno al otro; han tenido que aprender a compartir sus vidas y su amor con sus hijos; ya no se trata sólo de vivir sino de convivir; ya han abandonado definitivamente esa maravillosa y enfermiza realidad alterada de los enamorados, a la que él al menos puede volver una y otra vez en sus novelas; pero no ella, porque "ser madre es un trabajo a tiempo completo", dice ella. Ahora han entrado en una nueva etapa en la que tendrán que aprender a envejecer juntos, a asumir nuevos retos y problemas. Es triste ver discutir y lanzarse dardos y reproches a dos personas que se quieren y máxime cuando conocen perfectamente lo que más daña al otro.
   En muy pocas obras se ha descrito con tanta precisión y sabiduría el paso del tiempo y la diferente manera de amar y de enfrentarse a la vida de hombres y mujeres como en esta estupenda trilogía.
  
  Todos hemos sido ese joven americano y esa chica francesa alguna vez, todos hemos sido Adele y Emma; a menudo pienso que la única verdad que me interesa es la del arte, que lo más real es una buena ficción y que la ciencia y la filosofía se queden con sus certezas, pues nunca podrán alcanzar la verdad, porque la verdad es pura ficción, la verdad es siempre poética.

                                                           Love will keep us alive (Scorpions) 

6 comentarios:

  1. agradezco tanto tu trabajo! logra que llegue hasta allí, caminando a caminar tus pasos...un beso...Janett

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  2. Gracias, Janett. Es un placer que estas reflexiones le lleguen a alguien y que, además, concecte con ellas. Escribí esta entrada pensando que le iba a interesar a muy pocos, excepto quizás a quien haya visto las películas...
    Besos.

    Besos.

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  3. Hola, pienso que el amor es el motor que mueve nuestra vida y es triste que después de tanto luchar por ese amor, se acabe.
    Siempre hay una realidad en cada ficción.

    Saludos

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  4. Totalmente de acuerdo. Gracias por el comentario.

    Saludos!

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  5. Interesante entrada. Me quedo con el título de las pelis.

    Un abrazo.

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  6. Gracias. Estoy convencido de que te gustarán las pelis. No te olvides de ver también "La gran belleza", Oscar a la mejor pelícua extranjera de este año; especialmente si te ha gustado "La dolce vita" de Fellini.

    Un abrazo.

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