jueves, 26 de junio de 2014

Arte y percepción visual



       «Diríase que el arte corre peligro de verse ahogado por tanta palabrería. Pocas veces se nos presenta una nueva muestra que podamos aceptar como arte auténtico, y sin embargo nos vemos abrumados por una avalancha de libros, artículos, tesis doctorales, discursos, conferencias, guías, todo ello dispuesto a informarnos sobre lo que es arte y lo que no lo es, sobre qué cosa fue hecha por quién y con qué objeto. Nos atormenta la visión de un cuerpecillo delicado sometido a disección por huestes de ávidos cirujanos y analistas legos en la materia. Y nos vemos en la tentación de suponer que si la situación del arte en nuestro tiempo es insegura es porque pensamos y hablamos demasiado acerca de él.
      Es probable que tal  diagnóstico peque de superficial. Es verdad que casi todo el mundo juzga insatisfactorio este estado de cosas; pero, si indagamos con algún cuidado las causas del mismo, veremos que somos herederos de una situación cultural que es a la vez desfavorable a la creación de arte y propicia para fomentar formas de pensamiento equivocadas acerca de él.
                                        
      El delicado equilibrio de todas las potencias de una persona, lo único que le permite vivir plenamente y trabajar bien, queda alterado no sólo cuando el intelecto interfiere en la intuición, sino igualmente cuando la sensación desaloja al raciocinio. El vago tanteo no es más productivo que la ciega adhesión a las normas. El autoanálisis incontrolado puede ser dañino, pero también puede serlo el primitivismo artificial de quien se niega a entender cómo y por qué hace lo que hace.
      El hombre moderno puede, y por lo tanto debe, vivir con una autoconciencia sin precedentes. Tal vez la tarea de vivir se haya tornado más difícil, pero no hay alternativa.»
      (Arte y percepción visual, de Rudolf Arnheim).

    Puede que fuera a principios del siglo XVII cuando aquél barco francés naufragó en las costas de Australia. A la sazón, Francia e Inglaterra estaban en guerra, y el único superviviente fue capturado por los colonos ingleses y de inmediato se lo encausó.
      Nadie en aquella villa había visto nunca un francés, pero todos habían oído hablar del aspecto terrible de los franceses y de las monstruosidades de que eran capaces. Por eso a nadie le sorprendió que el francés tuviera diminutos y diabólicos ojos brillando escondidos en profundas cuencas; y tampoco le extrañó a nadie la nariz aplastada, más ancha y más fea que la de los oscuros aborígenes, y el cuerpo velludo del francés.
      En la playa, cuando descendió de la tabla de náufrago que  le había salvado la vida, no opuso resistencia, a pesar de ser un tipo de constitución fuerte, piernas cortas pero ágiles y brazos musculosos. Se rindió con elegancia, y se dejó conducir mansamente ante el tribunal.
       Durante el juicio, no salió de su garganta ni queja ni reproche; tampoco solicitó un abogado defensor conocedor de su lengua que le tradujese lo que sucedía cuando se leyó el veredicto. Subió al cadalso por su propio pie, y el verdugo quedó admirado de su sangre fría.
      El francés murió, arrostró la muerte como un caballero, como un ciudadano civilizado, lo cual le distinguió de los ignorantes salvajes desnudos ante los ojos de todos, a pesar de  su aspecto feroz.
      Lo que nunca llegaron a saber ni sospecharon aquellos colonos australianos era que habían ahorcado a la mascota del barco francés naufragado, un chimpancé al que vestían como a un marinero.


      A menudo leo en la Red la dificultad de algunos escritores para distinguir una obra literaria mala de una buena. La verdad es que no entiendo en dónde reside la dificultad. Cualquier lector acostumbrado a lecturas de calidad distingue una obra mala al primer vistazo. Sin necesidad de ser un erudito. De la misma manera, una persona de mundo habría sabido que el náufrago del relato no era un francés, ni siquiera un ser humano, sin necesidad de ser antropólogo.
      Un libro malo, porque su argumento es infumable, se presiente que es malo desde la sinopsis. Un libro malo no admite el beneficio de la duda que otorga la subjetividad. Es malo, sin paliativos. Si además de tener un argumento de triste recuerdo está pésimamente redactado, entonces es malísimo. Un libro mal redactado lo ve un buen lector medio desde el segundo párrafo, un lector metido en harina lo descubre al primer párrafo, y un sibarita de las letras, en la primera frase.
      La subjetividad queda reservada a los libros bien escritos. El libro conque empiezo esta entrada, Arte y percepción visual, es una maravillosa obra literaria que trata sobre las artes plásticas. Pero no todo el que disfruta leyendo buena literatura tiene por qué disfrutar con su lectura ni apetecerle el leerlo. Yo lo he leído porque estoy interesado en las artes plásticas.
      Un día una persona me recomendó leer a Henning Mankell, y me prestó un libro. Yo no soy amigo de las novelas policiacas; por el contrario, esta persona las tiene como lecturas predilectas. Yo le presté Samarcanda, de Amin Maalouf. A mí no me gustó Henning Mankell, y ella no tragó a Maalouf: no lo acabó. Sin embargo, los dos supimos que tanto Mankell como Maalouf son escritores brillantes, y tuvimos conciencia de los dos libros eran buenos libros, independientemente de nuestros gustos personales.

      ¿Cómo se distingue una obra de arte genial? Es difícil. Requiere una atención especial. Lo que es seguro es que si se tiene un bagaje cultural su presencia no pasa del todo desapercibida. Cuando entramos en un museo sabemos que vamos a ver obras de arte, algunas geniales; entramos predispuestos a ver obras de arte. Los museos están para eso, y sabemos que al cruzar el umbral entramos en un santuario en el cual el último de los artistas allí expuestos es el último entre los mejores. Nuestro intelecto está alerta, y favorable a la observación.
      Pero cuando salimos del museo es otra cosa; no esperamos encontrar obras de arte ignoradas desparramadas por la ciudad. Nuestros sentidos no están alerta, y nuestra sinapsis está ocupada en asuntos más mundanos. Podemos pasar delante de una escultura de Miguel Ángel sin catalogar y no darnos ni cuenta. Aunque puede que sintamos un algo. No hace mucho un violinista genial tocó de incógnito en los túneles del metro. La gente pasaba a su lado, y sólo una persona se detuvo a escucharlo. El violinista estaba fuera de contexto. El que se detuvo, probablemente un aficionado a la música, percibió algo; el violinista parecía bueno, pero eso era imposible: los buenos violinistas no tocan en los túneles del metro.
      Más pronto o más tarde, alguien se para delante de las obras de arte geniales y las considera buenas. Luego el tiempo las pone en su sitio.

      Confundir las ventas de un libro con su calidad literaria es un error, especialmente triste si los que caen en él son escritores. Ni siquiera los lectores deberían caer en él, pues va en contra de su desarrollo personal. El lector que exclusivamente lee libros destinados  al consumo jamás logrará distinguir un marinero francés de un chimpancé vestido de marinero. Y el escritor que busca sólo el beneficio económico nunca prosperará como escritor.
      Que una obra literaria de éxito no tiene de qué avergonzarse ni ser de baja calidad lo dicta el sentido común. Lo sabemos todos. No se puede hacer un silogismo con «éxito» y «baja calidad». De tan sencillo y claro resplandece que ciega. Entonces, ¿a qué viene tanta duda? Escribir por amor al arte es una expresión altruista del espíritu, que en la medida de sus posibilidades el escritor procura sea un fruto agradable al paladar de los lectores. Y a cuantos más lectores llegue, mejor.
      Un libro puede estar bien redactado, entretener y ser un éxito, y no ser una obra de calidad literaria, por muy descomunal que sea ese éxito. Un libro bien redactado puede entretener, ser un éxito y ser una obra de gran calidad literaria.
Si tenemos conciencia de que esto es así, tal vez quiere decir que probablemente sabemos distinguir una obra literaria buena de una mala. Supongo que todos lo entendemos, ¿no?

      

«Todo libro no es sino un borrador: ni aun eso, sino el borrador de un borrador. ¡Oh Tiempo, Fuerzas, Dinero y Paciencia!» (Herman Melville).




  

7 comentarios:

  1. Esta es sin lugar a dudas -desde ya mismo- una de las entradas más interesantes de este blog. Gracias por publicarla aquí también. Como te decía, yo estaba preparando una entrada similar en fondo; pero lo que me ha hecho renunciar a publicarla, ha sido la forma tan elegante con que has expuesto tú el asunto. Creo que tu texto tendrá mucho más calado del que tendría el mío.
    "Un libro malo no admite el beneficio de la duda que otorga la subjetividad (...) La subjetividad queda reservada a los libros bien escritos" Para mí esta es la clave del buen gusto adquirido, algo que además no es aplicable sólo a los libros. Y no, no hay que ser un erudito para percibir esto, pero sí haberse interesado mínimamente por la Cultura, algo de lo que hoy carecen muchos escritores y profesores. Esa es la verdadera gravedad del asunto. ¿Cómo educar en el buen gusto y en los grandes valores a las nuevas generaciones si los encargados de transmitir la cultura no la tienen o incluso la ningunean? Porque el buen bagaje cultural (no la mera erudición almacenadora de datos) jamás juega en contra del instinto, es más, lo refuerza. El buen bagaje cultural no produce esa dicotomía instinto-pensamiento. Acaso ya hemos olvidado el gran ejemplo de la Grecia Presocrática, poseedora de ese instinto mayoritariamente apolíneo para las Artes y predominantemente dionisiaco para la Vida.
    El problema principal de luchar contra la ignorancia en estos días es que muchos ignorantes también leen libros, algunos incluso demasiados, y otros más osados los escriben, y eso les dificulta esa autopercepción. Pero identificarlos sigue siendo tan sencillo como antes. Es como cuando un gran maestro de ajedrez sabe que una variente es mala sin necesidad de haberla estudiado, mientras que las computadoras analizan hasta el hecho de entregar el rey. Una computadora podrá ganar al campeón del mundo, pero seguirá sin saber jugar al ajedrez.

    Y ahora, sirviéndome de tu ejemplo del museo y del violinista quisiera matizarlo un poco. Hoy en día, por culpa de muchos de nosotros, la gente cuando abre un libro ya no lo abre como un objeto sagrado, sino como un objeto de consumo. Algo que también pasa con los museos, cada vez más parecidos a parques temáticos, donde en muchas ocasiones nos quieren hacer pasar por arte verdaderas aberraciones que muchas veces nos resultan hasta ofensivas, o endiosar a terroristas de la estética como Calatrava. ¿Quién en su sano juicio no ha sentido la necesidad de dinamitar su puñetero puente en Venecia? Sin embargo, podemos ver a miles de turistas sacándole la foto de rigor, mientras pasan por verdaderas maravillas sin prestarle atención. Muchas veces en los graffitis callejeros he contemplado verdaderas joyas del arte moderno que no he observado ni por asomo en algún que otro museo para este fin. Pero es lo que dices tú, la gente sólo va predispuesta a encontrar arte en lugares muy determinados, y allí muchas veces les meten gato por liebre.

    Y por todas estas cosas y alguna más reina y seguirá reinando la confusión.

    Un fuerte abrazo!

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    1. Hola, Alberto.

      Puede ser que si se leyese más variado se tendría un punto de vista más amplio a la hora de enfrentarse a un texto.

      Lo de Calatrava es épico. Aquí, en Bilbao, tiene un puente con el suelo de baldosas de vidrio o cristal que en cuanto llueve se hace resbaladizo y patina,y la gente se cae. Han tenido que ponerle una manta antideslizante. Además, la baldosas se quiebran con las dilataciones de la construcción. Hizo también el aeropuerto de Bilbao, también con tristes resultados.

      Lo de los graffitis, me parece que ya ha habido alguna iniciativa para llevarlos a las salas de exposiciones, en Nueva York, creo.

      Un abrazo.

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    2. Efectivamente. La variedad de lecturas de buena calidad nos otorgaría una mente mucho más elástica y menos proclive a caer en ciertos tics, manías, obsesiones, estrecheces mentales, angosturas espirituales, etc.. Eso y una cierta tendencia genética hostil al tan extendido espíritu de rebaño debería bastarnos para irnos fraguando un criterio propio de buen gusto.

      ¡Calatrava es ofensivo en todos los aspectos! Porque aparte de ser uno de los grandes abanderados del Terrorismo Ético-Estético y ejercer de paniaguado de esa casposa y cleptómana derechona valenciana y de otro lares, es incluso un incompetente que ha esparcido todas sus defectuosas deyecciones por doquier, las cuales tienen la consistencia de las deposiciones coléricas. Y quizás esto sea lo único bueno del asunto, que toda su herrumbre más temprano que tarde se oxidará y se vendrá abajo. Esperemos que no sea encima de la cabeza de alguien... Yo sólo he conocido de primera mano su engendro veneciano, que aparte de atentar contra el Gran Gusto de la ciudad, resulta incómodo y resbaladizo (marca de la casa). Y eso que se supone que se diseñó para comunicar la estación de ferrocarril de Santa Sofía con la estación de autobuses. Es decir, por donde pasan a diario miles y miles de turistas con sus maletas. Algo, que por cualquier viejo puente veneciano resulta más cómodo, a pesar de no haber sido diseñados para ese fin. Yo sólo he pasado una vez por el engendro, pues quería experimentar esa sensación de naúsea que ya me temía, y a fuer de ser sincero no eché la pota allí mismo por respeto a la ciudad. Los siguientes días simplemente lo evité.

      Y sí, he leído en alguna parte que existe una iniciativa de exponer ciertos graffitis en algunas salas neoyorquinas y berlinesas. Pero yo me pregunto: ¿Y eso no iría en contra del espíritu graffitero? ¿No serán unas calles tan necesitadas de arte y de estímulos subversivos el lugar más idóneo para este arte? ¿No perdería de esta forma el encanto de una cierta peligrosidad y clandestinidad?

      Un fuerte abrazo!

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    3. Absolutamente de acuerdo con la crítica a Calatrava.


      Calatrava es el perfecto ejemplo de ese tipo de arquitectura contemporánea que a partir de un momento dado dejó de estar regida y fue vaciada progresivamente de "inteligencia arquitectónica" para entregarse al culto a toda costa de las nuevas tecnologías y los nuevos materiales de la modernidad a los que había que dar un uso obligatorio aunque este fuese irracional arquitectónicamente...



      ¿Sería excesivo plantearnos la promoción de una iniciativa civil en change.org (acaso como acción conjunta de la propia comunidad LetraHeridos) para declarar a Calatrava "persona non grata" de la arquitectura contemporánea?


      Un abrazo.

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    4. Hola, por mi parte estaría encantado de adherirme a esa iniciativa anti-calatravesca.

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  2. Hola Gerardo!


    Estimulante artículo, me has dado pie a reflexionar y exponer mi posición personal sobre un par de cuestiones.

    Espero que sea el primero de muchos artículos en el futuro.


    Un abrazo!

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