lunes, 27 de octubre de 2014

Cartas a Theo



      
      Lo que me sería muy agradable tener aquí, para leer de cuando en cuando, sería un Shakespeare. Hay a un chelín Dicks shilling Shakespeare, que está completo. Las ediciones no faltan y creo que las baratas no son muy distintas de las más caras. En todo caso, no querría que costaran más de tres francos. 
( Fragmento de carta enviada a Theo por Vincent van Gogh. Saint-Rémy, 19 de junio de 1889).




      El primer sábado de cada mes la calle Dos de mayo se cubre de tenderetes en donde se venden los más variados artículos, desde ropa de diseño a antigüedades, pasando por quincalla, artesanía y más cosas; y también libros. En uno de éstos, un tenderete de libros usados, es donde descubrí Cartas a Theo. Este libro contiene una selección de cartas escogidas de entre las tantas que Vincent van Gogh envió a su hermano Theo en el transcurso de casi veinte años. El vendedor, sonriente tras la mesa expositora, recién instalada, señalaba con el índice al libro:

      —No lo rebajo ni un céntimo. Antes de las doce me lo quitan de las manos.

      Le sobraban argumentos para asegurarlo. Cartas a Theo es uno de esos libros que buscan los estudiantes de Bellas Artes y los aficionados a la pintura, pero que también puede tener su lugar en la biblioteca de cualquier apasionado al arte en general.

      A Vincent van Gogh el éxito no le sonrió en vida, y sobran dedos en la mano para contar las obras que vendió. Es el paradigma del genio incomprendido; para muchos artistas que no logran medrar es un referente romántico. Había ejercido profesiones tan dispares como la de comercial en una galería de arte o la de pastor protestante; en ambas fue tan manazas abrazando el éxito como cuando se dedicó a la pintura.

      Hacía 1880 Vincent decidió ganarse la vida pintando cuadros. Seguro de sí mismo y de sus dotes artísticas, le pidió a su hermano Theo, cuatro años más joven, que le financiase la carrera. El futuro no se podía presentar más halagüeño para los dos, le aseguraba Vincent, puesto que cuando se situase como pintor de renombre le devolvería cada moneda con creces. Los dos serían muy felices.

      Ese año de 1880, con 27 cumplidos, financiado por Theo, Vincent van Gogh se entregó en cuerpo y alma a la tarea de aprender el oficio de pintor. Dibujaba, pintaba y leía sin descanso. La vocación había llegado tarde y era preciso recuperar el tiempo perdido. Durante diez años llegó a crear más de dos mil seiscientas obras, entre pinturas, acuarelas y dibujos. En 1890, el «pintor de los girasoles», como también se le conoce, se suicidó.



      El libro Cartas a Theo es un como un observatorio al alma de todos aquellos que recurren al arte sinceramente, como medio de expresión, sean genios o no. Comienza con una misiva fechada en Londres, el 20 de julio de 1873. Van Gogh tenía entonces veinte años:

       El arte inglés no me atraía mucho al principio, hay que acostumbrarse a él. Hay no obstante, aquí, pintores hábiles: entre otros, Millais, que ha hecho el Hugonote, Ofelia, etc., que tú debes ciertamente conocer por los grabados: es muy bueno.


      Lo que sigue son fragmentos de cartas extraídas del libro. Llevan el lugar y fecha en que fueron escritas.

      Wasmes, junio de 1879:
       No conozco mejor definición de la palabra arte que ésta: «El arte es el hombre agregado a la naturaleza»; la naturaleza, la realidad, la verdad, pero con un significado, con una concepción, con un carácter, que el artista hace resaltar, y a los cuales da expresión, «que redime», que desenreda, libera, ilumina.

      Un cuadro de Mauve o de Maris o de Israels dice más y más claramente que la misma naturaleza.


      Wasmes, julio de 1880:
       (…)
      Ahora, ¿qué hay que hacer, debo considerarme como un hombre peligroso e incapaz de cualquier cosa? No lo creo. Pero se trata de sacar por todos los medios de estas pasiones un buen partido. Por ejemplo, para mencionar una pasión entre otras, tengo una pasión más o menos irresistible por los libros y tengo necesidad de comer mi pan.
      (…)
      He estudiado más o menos seriamente los libros a mi alcance, como la Biblia y la Revolución Francesa de Michelet, y el invierno pasado, Shakespeare y un poco de Víctor Hugo y Dikens y Beecher Stowe y últimamente Esquilo y después algunos otros, menos clásicos, varios grandes pequeños maestros. Sabes muy bien que en esta categoría se encuentran Fabritius o Bida.

      Así, cuando uno vive absorbido por todo esto, algunas veces resulta enojoso, fastidioso para otros y, sin quererlo, más o menos peca contra ciertas formas y usos y conveniencias sociales.


      
      Cuesmes, 20 de agosto de 1880:
       (…). Espera, tal vez llegues a ver que yo también soy un trabajador, y aunque yo no sepa por anticipado cuáles sean mis posibilidades, sigo a la espera de hacer algún bosquejo donde podría haber algo de humano. Pero primero es necesario dibujar los Bargue y hacer otras cosas más o menos espinosas. El camino es estrecho, la puerta es estrecha y pocos la encuentran.

   
      La Haya, abril de 1882:
       (…)
      Mauve me reprocha haber dicho: «yo soy un artista», pero no me retracto, porque es evidente que la palabra lleva implícita la significación de: «buscar siempre sin encontrar jamás la perfección». Es precisamente lo contrario de: «ya lo sé, ya lo he encontrado».
      (…)
      Por lo que puedo darme cuenta, no son los peores pintores los que están a veces una semana o quince días sin poder trabajar. Hay algo que lo explica, son precisamente aquéllos «que se juegan en el arte hasta su pellejo», como dice Millet. Esto no es un impedimento, y a mi parecer es necesario cuidarse cuando hace falta. Si durante algún tiempo uno está agotado, pues se repone y descansa, y así gana que los estudios se cosechen igual que el trigo o el heno del labriego. En cuanto a mí, no pienso por el momento en descansar.
   


Paul Gaugui
      Arlés, febrero de 1888:
       (…)
      He recibido una carta de Gauguin, que dice que ha estado enfermo en cama durante 15 días. Que está sin dinero, porque ha tenido que pagar deudas ineludibles. Que desea saber si le has vendido algo; pero que no se atreve a escribirte por temor de molestarte. Que está de tal modo necesitado de ganar un poco de dinero, que está resuelto a rebajar aún el precio de los cuadros…
      (…)
      El pobre Gauguin no tiene suerte; temo mucho que en su caso la convalecencia sea todavía más larga que los quince días que ha debido pasar en el lecho.
      ¡Válgame Dios, cuándo saldrá por fin una generación de artistas que tengan sanos los cuerpos!



       Arlés, marzo de 1888:
       (…)
      Estoy leyendo Pedro y Juan de Guy de Maupassant; es muy bello, ¿has leído el prefacio, explicando la libertad que tiene el artista de exagerar, de crear una naturaleza más bella, más simple, más consoladora en una novela, después explicando lo que tal vez quisiera exactamente significar la frase de Flaubert: el talento es una larga paciencia, y la originalidad un esfuerzo de voluntad y de observación intensas?


      Arlés, junio de 1888:
       (…)
      Después de la crisis que he pasado viviendo aquí, ya no puedo hacer jamás ni planes ni nada; ahora me encuentro decididamente mejor de salud; pero la esperanza, el deseo de triunfar están quebrantados y trabajo por necesidad, por no sufrir tanto moralmente, para distraerme.


      
      Saint-Rémy, mayo de 1889:
       (…)
      Pero no te engaño, el miedo de la locura se me pasa considerablemente viendo de cerca a aquéllos que ya andan aquejados, con la misma facilidad con que luego pueda aquejarme a mí, puedo a continuación estarlo muy fácilmente.

      Antes estos seres me repugnaban y era algo desolador para mí pensar que tanta gente de nuestro oficio: Troyon, Marchal, Méryon, Jundt, Maris, Monticelli y un montón más, habían terminado así. No podía ni siquiera representármelos en lo más mínimo, en este estado. ¡Pues bien!... ahora pienso en todo esto sin temor; es decir, que no lo encuentro más atroz que si estas personas hubieran muerto de otra cosa, de la tisis o de la sífilis, por ejemplo. A estos artistas los veo recobrar su porte sereno y ¿crees que sea poca cosa volver a encontrar a los antiguos del oficio? Eso es lo que me reconforta tan profundamente.


     

Saint-Rémy, abril de 1889:
       (…)
      Hazme el favor de rogar al señor Aurier que no escriba más artículos sobre mi pintura; dile con insistencia que, para empezar, sus chismes sobre mí se engañan, puesto que realmente me siento demasiado entristecido para poder enfrentarme a la publicidad. Hacer cuadros me distrae; pero si oigo hablar de ellos, me causa una pena que él no sabe…


       Auvers-sur Oise, 29 de julio de 1890:
        (Este es el comienzo de la última carta de Vincent van Gogh a su hermano Theo. La llevaba encima cuando se pegó un tiro en el pecho).

       Mi querido hermano:

    Gracias por tu buena carta y el billete de 50 francos que contenía. Ya que esto va bien, que es lo principal, ¿por qué insistiré sobre cosas de menor importancia? ¡a fe mía!... antes de que haya oportunidad de hablar de asuntos con la cabeza más reposada, pasará probablemente mucho tiempo.

     
      Seis meses después moría Theo. Los dos hermanos están enterrados uno al lado del otro, en Auvers-sur-Oise.





jueves, 2 de octubre de 2014

¿Cuál debería ser el precio de nuestras obras?

Hace unos días me llegó un artículo sobre una autora y su experiencia con la piratería. Me sentí bastante identificada con lo que contaba, pero no tenía tiempo de escribir sobre ello, así que solo hice un breve comentario en Google+ que os reproduzco:
Esta es una de las razones por las que no pienso rebajar el precio de mis libros electrónicos. Me siento especialmente identificada con la situación personal de esta autora... y lo que más lamento es que la gran mayoría de escritores parecen haberse resignado. Supongo que no podemos luchar contra la piratería, pero si aceptamos trabajar gratis, solo nos espera la esclavitud. Puede que para algunos escribir sea un hobby. Nadie espera que le paguen por dedicarse a su hobby favorito. Para mí no lo es, para mí es un trabajo muy serio y sacrificado. Y el que no quiera pagar por ello, posiblemente sea porque no valora la cultura como debería. Prefiero no tenerlo como lector.
Comentarios posteriores con Alberto me hicieron reflexionar: ¿cuánto pagaría yo por leer un libro? Bien, creo que todo depende del interés que tenga en ese libro. Si es un incunable que llevo buscando años, no me importará pagar 30 euros. Y pagaría más por una edición ilustrada de 1960 de El Señor de los Anillos firmado por el autor, por poner un ejemplo. En ese sentido tengo espíritu de coleccionista, igual que para la música.

Aquí estamos hablando de escritores indies, desconocidos para el público. ¿Eso significa que para vender nuestra obra tenemos que tirar los precios? ¿Ponerlos a 1 euro, como lo que pagas a un gorrilla en un aparcamiento siendo generoso? ¿Como lo que pagas por la descarga de una canción inédita en iTunes? ¿Como un paquete de pañuelos a alguien que se te aproxima en un semáforo?

Cada día que pasa tengo más la sensación de que yo soy la única que piensa así. ¿Así cómo? Pues que me niego rotundamente a vender por un mísero euro una descarga electrónica de mi libro, que consta de más de cuatrocientas páginas, me ha llevado más de diez años de trabajo, lo he tenido que escribir a ordenador, maquetar, buscarme la vida para hacer yo sola la portada... y además ya se lo he dejado leer gratis a otras personas (algunas también escritores) que me han dicho que está muy bien. Es que mi mente no lo concibe. No entiendo por qué nosotros como autores tenemos que vender nuestra obra a 1 euro por ejemplar cuando tú le pides a alguien que te traduzca tu libro y te pide 1000 euros, o le pides a alguien que te haga la portada y te pide 200. O resulta que una compañera canadiense escritora y bloguera va a recibir 1700 dólares al mes... ¡por publicar en cinco blogs! ¿Somos tontos o qué? ¿No es el contenido de un libro lo más importante? ¿Mucho más que la portada? ¿No es mucho más complicado escribir un libro que traducirlo? Esto lo sé por experiencia: lo es. Pero por alguna extraña razón seguimos pensando que nuestro trabajo no vale nada, o que tenemos que pagar a no sé cuántos intermediarios antes de ver publicado nuestro libro como si les debiéramos la vida a ellos, cuando son ellos los que están trabajando gracias a nosotros. ¿No es todo una inmensa contradicción?


Bien, ¿cuánto pagaría yo por la obra de un escritor indie que no conozco de nada? Seguro que mucho más de lo que piensan ahora mismo la mayoría de nuestros lectores. ¿Que tiene poca experiencia y a lo mejor no me gusta lo que he comprado? Eso también nos pasa con otras cosas que compramos. ¿O es que nadie se ha arriesgado a comprar un disco solo por la portada o porque alguien se lo recomendó y luego le dieron ganas de lanzarlo por la ventana? ¿Y por eso escribimos a la compañía exigiendo la devolución de nuestro dinero? No, porque te guste o no, es un trabajo de todas formas. Ni siquiera los peluqueros aprendices se rebajan tanto como para cobrarte 1 euro por sus dos horas de trabajo, mientras tú temes salir de la peluquería con el pelo verde por haber querido ahorrarte la mitad de dinero. Cobran un mínimo que es lo que se considera digno (o, al menos, así debería ser considerado, porque en estos tiempos casi nadie cobra un salario digno).

¿O es que acaso la obra de un autor de prestigio nos garantiza que nos va a gustar y por eso no nos importa pagar mucho más? ¿Soy también la única que piensa que Cien años de soledad es un rollo infumable?

*Suspiro* Sé que es un tema muy complicado y me enerva, no puedo remediarlo. Porque sí, no hago más leer que el mercado de la cultura tiene que transformarse, y que el futuro está en los libros electrónicos, pero es imposible luchar contra la piratería y tampoco creo que ese sea el principal problema. La impresión que tengo es que la cultura ha dejado de tener valor. No se valora el esfuerzo que hay detrás de la creación de algo, sea un libro, un cuadro (de los buenos, no de los de ARCO), o un vídeojuego. Todo es consumir y consumir, cuanto más rápido mejor. Antes te pasabas tres meses leyendo un libro y te deleitabas con él, las horas muertas transcurrían frente a ti rodeado de esos personajes que el autor había conseguido dibujar en tu imaginación. Aún recuerdo cómo tuve que ahorrar poquito a poquito para poder comprarme Las Dos Torres, temiendo que se agotara en la librería, deseando que Frodo y los demás hobbits no continuaran su viaje sin mí. Ahora somos como mis sobrinos en Navidad: le quitas el envoltorio a un regalo, ni siquiera te sientas un minuto para ver qué es, y ya quieres otro, y otro, y otro... total, no valen nada. Es como los libros electrónicos en internet: es como que caen del cielo, los autores los regalan, y da igual si te interesan o no, si los acabas leyendo o no... ¡si son gratis, a por ellos!