sábado, 20 de diciembre de 2014

Escribir un relato, según Edith Wharton



     


      «Nietzsche dijo que hacía falta talento para “inventar un final”, es decir, para dar el toque de lo inevitable a la conclusión de cualquier obra de arte.» (Edith Wharton).

      Según Edith Wharton, esto era válido para la novela, que ella compara con un edificio construido de forma lenta y reflexiva, en el cual «(...) cada piedra tiene su peso específico », y donde los cimientos deben planearse de acuerdo a las intenciones superiores del autor respecto a la obra proyectada, «(...) con vistas a las proporciones de la torre más alta».

      «En un relato, sin embargo, podría decirse que la primera preocupación del escritor es saber cómo escribir el comienzo.» 

      Edith Wharton opinaba que un mal final arruinaba en parte tanto un buen relato como una buena novela
      «El hecho de no acabar una historia de acuerdo con su sentido más profundo la priva de significado».

      «La norma de que una novela debe contener en la primera página el germen del todo es aún más cierta en un relato porque, en este caso, la trayectoria es tan corta que prácticamente coincide el trueno con el relámpago.»

      La escritora apoya esta reflexión trayendo una anécdota leída en la autobiografía de Benvenutto Cellini (Florencia, 1500-1571. Escritor, escultor y orfebre). Narra Cellini que de niño vio agitarse en el fuego del hogar una salamandra. El padre, que también vio el reptil, corrió a taparle los oídos para que recordara siempre tan inaudita visión.

      Edith Wharton considera la anécdota de Cellini como una sentencia a tener presente por los escritores de relatos: «Si su primera pincelada es vívida y elocuente, ganará al momento la atención del lector». Y pone otro ejemplo, el de un alumno de Eton que empezó su relato de esta forma: «Demonios, dijo la duquesa al encender su cigarro». Este comienzo, escrito «(…) en un tiempo en el que las duquesas no fumaban ni maldecían, hubiera llevado su obra a la posteridad de haber estado al mismo nivel cuanto venía detrás».

      «No tiene sentido taparle los oídos a nuestro lector a menos que tengamos una salamandra que mostrarle. Si no hay algo vivo que anime el alma de nuestro chispazo, algo que emocione, entonces no valdrán gritos ni sacudidas para fijar la peripecia en la memoria del lector. La salamandra lleva el peso fundamental y hace que la historia merezca ser contada.»

      Opina Edith Wharton que para tratar de conseguir el interés del lector «(…) con un inicio arrollador» debe haber algo más que un truco de oficio. El escritor tiene antes que haber dominado el tema y guardarlo sintetizado en su interior, como cuando un dibujante señala con unos pocos trazos lo que ha de ser la base de su obra. «(…) obtenida la pista, el escritor sólo tiene que avanzar: pero este tirón tiene que ser firme, no debe nunca olvidar lo que quiere decir, o por qué le parece que vale la pena decirlo»El relato, antes de ser contado, debe ser sometido a una intensa reflexión.

      «Ese precioso instinto que hace posible la selección se destila con una paciencia infinita que, si no es el genio en sí mismo, es uno de los principales logros del genio a la hora de promocionarse. En este punto, la repetición y la insistencia se perdonan; cuanto más breve sea el relato, más exento de detalles estará y más se potenciará la acción; y conseguir el efecto buscado dependerá no solo de elegir qué se conserva una vez eliminado lo superfluo, sino del orden en el que se va dosificando lo esencial.»


      Edith Wharton (Nueva York, 24 de enero de 1862 - Saint-Brice-sous-Forêt, Francia, 11 de agosto de 1937). Discípula de Henry James. Está considerada como una de las más importantes narradoras norteamericanas. Fue la primera mujer que obtuvo el Premio Pulitzer, por su obra La edad de la inocencia (1920).



martes, 2 de diciembre de 2014

Humanismo en blanco y negro

  Comienzo a escribir esta entrada todavía sufriendo la resaca emocional que me ha supuesto contemplar en el día de ayer el maravilloso documental "La sal de la Tierra", una oda a la vida y obra del excelso fotógrafo brasileño Sebastiao Salgado. La película ha sido dirigida por el cineasta alemán Wim Wenders (al que debemos obras tan subyugantes como Paris Texas, Cielo sobre Berlín, Pina, etc.), pero contando en esta ocasión con la inestimable ayuda de Julio Ribeiro Salgado, hijo de Sebastiao.
La sal de la Tierra   Contemplar la obra de Salgado en pantalla grande ha sido una de mis experiencias más inefables. La fuerza que ya tienen de por sí las fotografías del brasileño, se ve sin duda multiplicada en una pantalla de cine, otorgándole a su portentoso blanco y negro una poderosa lente de aumento que nos transporta inevitablemente hacia el reino de la sublimidad, donde emulando a Dante comenzamos a recorrer los muchos infiernos y algún que otro paraíso, guiados, como si de un moderno Virgilio en off se tratase, por la magnífica voz de Salgado, comentando sus propias fotografías. Un verdadero lujo escucharle en versión original.
   La película es un recorrido por su vida y sobre todo por su obra, la cual abarca gran parte de las luces y las sombras de la condición humana. No entiendo como una persona de la talla intelectual de Susan Sontag pudo criticar en su día la obra de Salgado, acusándola de conferirle tal belleza a las grandes tragedias y miserias humanas, que a su modo de ver nos desvinculaba de ellas al proporcionarles de esta forma cierta distancia e irrealidad. Todo lo contrario, querida Susan. La belleza ha sido siempre la gran comunicadora y el arma más impactante del que siempre se han servido todos los grandes artistas humanistas. La belleza jamás frivoliza la realidad, la sublimiza, extrayendo del horror delicadeza, encanto y magnificencia. De verdad que cada día entiendo menos la ceguera emocional de la mayoría de los filósofos modernos. Qué saben la mayoría de ellos y ellas, desde la confortabilidad de su sillón e instalados en su propia burbuja intelectual de las motivaciones de un artista nómada como Salgado y de su descenso a los infiernos, de su pérdida de fe en la especie humana, de su muerte como artista tras el infierno de Ruanda y de su posterior resurrección, gracias a su impagable labor ecológica con el Instituto Terra, con el cual plantaron dos millones y medio de árboles, recuperando de esta forma un bosque lluvioso que se había convertido en un yermo erosionado. ¡Ay, los árboles! Probablemente los seres vivos más bellos de la Tierra y eternos símbolos de fe, de esperanza, de creer a pesar de todo en el futuro.
  El documental de Wenders y Ribeiro Salgado también incide entre otras cosas en la valentía del fotógrafo, que después de haber conocido cual Kurtz el horror, el verdadero horror, abandonó la fotografía social para convertirse en un fotógrafo de la naturaleza. Para lo cual no faltaron voces que le dijeron que no valía la pena, que era inútil tomar ese riesgo, pues él era un magnífico fotógrafo social, y como fotógrafo de la naturaleza tendría que empezar de cero, pero eso es algo que no debería amedrentar a un artista, es más, debería formar parte de sus necesidades más básicas. De todo eso resultó su último libro fotográfico hasta la fecha, Génesis, una asombrosa oda al planeta Tierra y un último voto de confianza a una humanidad desarraigada y perdida en esta extraña soledad entre multitudes. Atrás había quedado el otro Salgado, el eximio fotógrafo social con todo su legado de maravillosos álbumes como los dedicados a las otras Ámericas, al Sahel, a los Trabajadores, al infierno ruandés, a los exiliados, a la mina de Serra Pelada, etc..

   Por otra parte, el film es también un redescubrimiento, un afán de comprensión por parte del hijo sobre su padre, un intento de entender las motivaciones que lo mantuvieron separado de él y de su madre por largas temporadas. Y en ese intento de comprenderle se puede entrever la madurez definitiva de un hijo que tanto había echado en falta a su padre durante la infancia. En ese primer viaje juntos al Círculo Polar Ártico resulta verdaderamente sobrecogedor imaginarlos frente a frente ante la inmensidad de una nada donde ni siquiera se vislumbra el horizonte.

  Me comentaba ayer en su blog un amigo LetraHerido como Gerardo Fernández, que a veces parecen flotar en el aire determinados iones que logran que percibamos los acontecimientos como a "cámara lenta", algo que tanto a él como a mí nos suele ocurrir en determinados marcos naturales, pero a veces hay obras artísticas como ésta de Wenders y Salgado que me hacen sentir esa sensación casi onírica, de duermevela, de confusión, de no saber si mi deseo de que la proyección no finalizase jamás se iba a cumplir o no. Toda obra subyugante ha despertado siempre en mí a mi yo más onírico.
 
  Ya a modo de una postdata más intelectual que emocional, decir que la película me ha descubierto una etnia indígena desconocida para mí hasta ayer mismo, y que es muy probable que acabe formando parte de futuras inquietudes y obsesiones. Se trata de los indios Zoè, los cuales disfrutan en su pequeño paraíso no del todo perdido de matrimonios poligámicos y poliándricos, y que al igual que nuestros astrofísicos creen que el Universo está en expansión, entre otros muchos detalles interesantes. Si alguien tiene algún interés especial en ellos le dejo aquí un enlace desde donde se puede comenzar a bucear en su cultura.
  Y a todos lo demás. simplemente recomendaros encarecidamente la visión de La sal de la Tierra, film que debería de ser de obligatorio visionado en cualquier sistema educativo que hiciese honor a su nombre.