sábado, 28 de noviembre de 2015

Detestando mi libro

 Hace tres años publiqué mi primera  novela en Amazon, "La Casa del Aire", y poco después la segunda, "Diego Perdiste". Por aquel entonces ¿me pueden creer si les digo que estaba convencido de que mis libros serían vendidos con bastante facilidad? Nada más lejos de la realidad. Costó bastante que fueran descargados, ya fuera de manera gratuita o de pago. Hice lo que todos: comenté en varios blogs, creé una página web, perfil, etc... Lo cierto es que por aquel entonces ya había terminado (en colaboración con Enrique Salcedo) mi tercer libro, "Lemuria. El Príncipe Muerto". El desgaste psicológico había sido tan grande que, sinceramente, ni me planteé publicarlo.      
 Hace una semana, mi pareja me preguntó por mi última última novela, Lemuria. Me preguntó de qué iba. Yo le comenté por encima de qué trataba y a medida que contaba el argumento me dí cuenta de que no lo recordaba. Ella me dijo: “¿no te da vergüenza no saber el argumento de tu propia novela?”. Yo simplemente contesté: "detesto ese libro". Pero algo se picó en mi interior.
 Volví a casa y, al encender el ordenador, me percaté de que ni si quiera tenía el archivo (había comprado un ordenador nuevo y no pensé en guardarlo). Llamé a Enrique y le dije si me podía mandar el archivo (no quiero escribir demasiado, pero es importante toda esta parrafada. Al ser escrito por dos autores, Enrique, sin yo saberlo, movió la novela y se pudo publicar con bastante facilidad, pero yo nunca lo vi claro). El caso es que a los dos días tenía el archivo en mi computadora, lo descargué y leí sin parar un libro que apenas reconocía como propio. ¿Qué pasó? ¿Qué fue de ese libro que detestaba hasta la saciedad? Entonces comprendí.
 Somos escritores y pasamos más tiempo intentando dar una salida digna a nuestros libros que trabajando en ellos para que sean dignos. 
 Enrique había pasado los dos últimos años trabajando en la novela y consiguió darle esa dignidad. Es más; leí vorazmente un libro que ya apenas recordaba y debo decir como lector:
Gracias, Enrique.

Lemuria El Príncipe Muerto  Escrita por José Enrique Salcedo y Nicolás García Anaros.

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lunes, 19 de octubre de 2015

Recalculando Ruta...

De la gente que conozco, muy pocos han leído mis escritos; familiares, que yo sepa, ninguno. Se puede decir que mi faceta como escritor es un pedazo de mi vida "oculta". Me he preguntado varias veces por qué es así, y no tengo una respuesta clara. Quizás sea esa gracia o defecto gallego de querer mantener a toda costa una especie de halo de misterio, quizás protegerme con la intención de que no me conozcan todavía más los que ya me conocen (o creen conocerme) demasiado, quizás porque la brecha entre mi yo social y mi yo "escritor" es todavía enorme, quizás nada de esto o todo ello a un mismo tiempo... Como de casi todo: no tengo ni idea. 

   El cambio en mí siempre ha sido constante, incluso las mayores contradicciones y los opuestos más enfrentados pueden convivir conmigo sin conflicto aparente. Se deslizan por mis vasos como la sangre que me nutre y la linfa que me protege. A menudo soy un "científico" racionalista de mañana y un "mago" irracional al caer la noche, habiendo sido por la tarde un "filósofo" o pensador en tierra de nadie, y este último "yo" es el que más suele acompañarme cuando escribo. Soy consciente de que esta atípica convivencia puede llegar a confundir, incluso a ofender. Por lo que quisiera conceder mis más sinceras disculpas a quien sin querer pudiera haber ofendido alguno de mis escritos u opiniones. A otros los he ofendido queriendo, de lo cual no me enorgullezco, pero tampoco pienso disculparme, bien porque se lo merecían, bien porque lo "necesitaban". Porque sí, a veces necesitamos que nos ofendan, a veces necesitamos sentirnos ofendidos. Y lo necesitamos para Cambiar.

  En ocasiones me han preguntado algunas personas que me conocen personalmente cómo alguien que su verdadera vocación parece responder a "sanar" a la gente, y además sin cobrar, puede escribir libros tan deprimentes y desencantados. 
  Una vieja amiga me confesó que tras veinte páginas tuvo que abandonar mi libro por considerarlo literalmente abortivo, y cuando decía literalmente se refería a LITERALMENTE, pues estaba tratando de quedarse embarazada, y creía que si me seguía leyendo no se quedaría, o si lo hacía, acabaría perdiendo el bebé. Me preguntaba una y otra vez que cómo coño puedo vivir aparentemente feliz si en realidad pienso lo que escribo y sobre todo si escribo lo que pienso. Supongo que no escribo todo lo que pienso ni pienso todo lo que escribo. Todos mis personajes atesoran de alguna forma u otra pedacitos de mí, incluso pedazos míos que yo mismo desconozco, pero no me identifico plenamente, ni mucho menos, con ninguno de ellos, excepto cuando emergía el que era en esa época mi yo "escritor". Pues mi yo "escritor" está, como todo en mí, en constante proceso evolutivo, con tendencia a irse pareciendo cada vez más a mi yo social e incluso a mi yo "real", si es que lo tengo, y sobre todo, si lo mantengo por mucho tiempo.

  No obstante, en mi ¿defensa? debo decir que no creo que escriba libros deprimentes, aunque sí desencantados y algo o bastante melancólicos, pero en ellos no encuentro atisbo de depresión, de verdad que no lo encuentro, y no lo hago porque no hallo por ninguna parte ni siquiera la semilla de la rendición, más bien todo lo contrario. Eso sí, procuro prepararme casi siempre para el "peor escenario posible", pues si acaba producíéndose, poder así quizás soportarlo, y si eso no acaba por llegar, poder inhalar una gran bocanada de aire y sentirme aliviado y feliz de haberme equivocado. Hace tiempo que no me interesa nutrir más mi ego, y menos todavía a costa de vaticinar algún tipo de sufrimiento para cualquiera de los coinquilinos de ese pequeño punto azul pálido, como bellamente denominaba Carl Sagan a nuestra Casa.

  Con todo esto no sé muy bien qué diablos quiero decir. Quizás que para mi el acto de escribir responde de manera similar a las etapas de una enfermedad intestinal, en la que lo más apremiante al principio es aliviarse y purgarse con la vomitona y la diarrea, para luego, y con mucho trabajo, ir poco a poco reconstituyendo nuestra flora intestinal, nuestro fortín, con prebióticos y probióticos, es decir, con estiércol y nuevas semillas, como surge, se desarrolla y florece todo. En el fondo creo que mi yo escritor está mucho menos evolucionado que mi yo social, éste está unos cuantos peldaños por delante, supongo que porque llevo viviendo en él mucho más tiempo, y ya hace mucho que ha superado la etapa de la vomitona y la diarrea, e incluso poco a poco alguna de sus semillas ha ido floreciendo, sobre todo porque siempre he tenido un buen olfato para alejarme de la "gente tóxica".
  
  Creo que antes de tomar la decisión de crear debemos limpiarnos. Y esto vale tanto si decidimos tener descendencia como si queremos crear ese otro tipo de hijos que son nuestras obras. Para lo primero es sin lugar a dudas más fundamental limpiarse física y emocionalmente, y confiar que todo ello contribuya a activar los mejores genes que portamos, como podría deducirse del concepto de epigenética. Me apasiona ese nuevo campo por descubrir en el que no solo el ambiente sino nuestros actos, conductas y emociones puedan influir en el desarrollo evolutivo de nuestros semejantes y descendientes. En el fondo, cuál es el verdadero ambiente del aséptico hombre moderno, sino sus actos, conductas y emociones, por encima de una climatología cambiante y de un paisaje cada día más uniforme. Me apasiona todo esto hasta tal punto que en unas semanas asistiré a un taller de psicogenealogía y epigenética, con el que espero adquirir los conocimientos necesarios para ayudar en un futuro próximo a limpiarse a mis semejantes y prepararlos para una evolución desde el punto de vista clínico, y no simplemente ayudarles a sortear sus dolencias. Es decir, pasar de evitar a la "gente tóxica" y empezar a ayudarla a "desintoxicarse" y sobre todo a desintoxinarse.¿Ambicioso? Sin duda, pero ya que por mi temática, tono y falta de maestría tengo fundadas sospechas de que mis libros jamás llegarán a un número crítico de personas, voy a depositar el grueso de mis esperanzas para el Cambio, a través de algo que probablemente se me da algo mejor. Pero, ¡qué cojones! suena raro, ¿no? Da la impresión que he invertido mis caminos, que no puedo dejar de ser un extravagante aunque lo intente. Ayudar a evolucionar a la gente en clínica y hacer terapia con la literatura. Supongo que solo el tiempo dirá si mi vida aparte de un eterno ensayo no habrá sido una, por momentos, divertida locura.

lunes, 5 de octubre de 2015

Reseña: El tren de los sueños rotos de José Antonio Quesada Coves


Sinopsis:

Karam es un joven marroquí al que se le ha quedado pequeño su país, así que decide viajar a España con el fin de hacer realidad sus sueños. Granada es el punto de partida de un largo y ajetreado viaje. El negocio familiar del tráfico de hachís le permite conseguir dinero rápido en el continente europeo con el que cumplir sus objetivos. Pero el amor, las drogas y unas extrañas amistades se cruzan en su camino de forma inesperada, haciendo que todo se precipite con los atentados del 11-M de 2004 en Madrid.
Esta obra narra la persecución de los sueños de un hombre que busca la felicidad en el lugar equivocado.


Opinión personal:

En un principio la sinopsis de esta novela me hizo dudar de si leerla o no pues estos temas me afectan mucho. Tras una charla con otra lectora, me animé y de verdad que no me arrepiento de haberlo hecho.


Me sorprendió en el personaje principal, que dada su juventud, llevara un negocio de hachís a nivel nacional, seguramente debido a que su familia se había dedicado a ello siempre (o que yo entiendo bien poco de estos tema). Karam ve un negocio de lo más normal.

Las amistades extrañas que conoce le hacen dudar, no obstante, se niega a ver la realidad. Todo parece ir sobre ruedas y sus ambiciones crecen cada vez más.
En esta novela podremos conocer otro punto de vista al que estamos acostumbrados.


Además, el autor nos hace un recorrido turístico por varias ciudades de la geografía española e incluso italiana. Monumentos, barrios y calles bien descritos; José Antonio nos traslada instantáneamente a esos lugares mágicos.



Una novela que cuando empiezas no puedes dejar de leer.


Puedes adquirir este libro aquí.



martes, 1 de septiembre de 2015

Relato «¡Maldito seas!» de José Salieto



En el libro «Historias al otro lado de la razón», José Salieto presenta una serie de relatos que te adentran a lo más profundo de la mente humana. Cada uno de ellos muy diferentes entre sí pero con un factor común, un final sorprendente.
Algunos de estos relatos te hacen reflexionar sobre hasta qué punto puede llegar la humanidad por egoísmo, interés o simple locura.
Traigo uno de los relatos como muestra del trabajo de este gran autor:





                                                                  ¡MALDITO SEAS!


La mujer aún no habría cumplido los sesenta años, tenía buena presencia, pero estaba aterrorizada ante el hombre que había frente a ella y que impasiblemente la estaba atando de pies y manos a la cama, a pesar de los esfuerzos que ella hacía para evitarlo.

Le suplicó, le rogó, le prometió que le daría todo el dinero y las joyas de la casa; pero él no parecía escucharla.
Ella gritó pidiendo auxilio, suplicando que no le hiciera daño, que qué era lo que quería. Pero él no dijo ni media palabra. La trataba con delicadeza, eso sí, pero la obligó a recostarse y ató cada una de sus cuatro extremidades a los barrotes de la cama. Luego, le levantó el vestido hasta más arriba del vientre y ella comenzó a temerse lo peor.
-¡No por favor, no me toque, no me haga nada, se lo ruego! ¡Socorro, que alguien me ayude!


Él no mostraba ninguna violencia, ninguna prisa, y con la mayor serenidad, le fue bajando las medias hasta los tobillos, ignorando el llanto de la mujer. Luego, le liberó uno de los pies, soltando el gancho que para tal fin había anudado a las cintas que le ataban las extremidades, facilitando su labor. Extrajo la media sujetándole fuertemente la pierna, evitando los intentos de la mujer por patearle defendiéndose y luego volvió a sujetar el gancho a los barrotes de la cama, dejándola inmovilizada.


Después repitió el proceso con la otra pierna. Ella lloraba y gritaba, llamando a la policía, a cualquiera que pudiera oírle. Él ni siquiera la miraba, siempre con la cabeza gacha, sereno, impasible.


Una vez quitadas las medias, procedió a bajarle las bragas cuanto pudo, ignorando las súplicas de la aterrada mujer. Inició el mismo procedimiento que acababa de hacer con las medias y, primero con una pierna y luego con la otra, forcejeando para evitar sus patadas, acabó por extraerle las bragas.


-¡Maldito seas! ¿Quién eres, por qué me haces esto? -lloraba ella.


El hombre desabrochó y extrajo el enorme pañal y luego, colocando una de sus manos por debajo de su cintura, con la otra lo retiró a la vez que lo restregaba por la parte alta de su trasero, igual que se limpia a un bebé. Lo dobló sobre sí mismo y lo dejó en el suelo.


Mientras ella lloraba, él, siempre en silencio, con delicadeza y casi sin valor para mirarla a la cara, la lavó, la secó, y le colocó otro pañal. Invirtió el proceso para volverle a colocar sus bragas y sus medias y luego, la desató y se dejó golpear por los rabiosos puños de ella, que lo maldecía y lo insultaba mientras seguía pidiendo socorro.
El hombre salió de la habitación, casi tambaleándose. Se dirigió hacia el salón, encendió la televisión para no oír los gritos de su esposa, como solía hacer tan a menudo, y se dejó caer en una silla. Entonces todas sus fuerzas se vinieron abajo y rompió a llorar sin consuelo, mientras se decía una y otra vez: «Maldito alzheimer. ¡Maldito alzheimer!».




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viernes, 19 de junio de 2015

Pregúntale al polvo





      «No hay que tocar a los ídolos; su dorado se nos queda en las manos.»
      (Madame Bovary, de Gustave Flaubert).


      13 de junio de 2015. Sábado por la tarde.

      Ha llovido en Bilbao. No ha sido de repente; primero han caído unas débiles gotas, espaciadas; débiles gotas que han ido in crescendo, como la Sinfonía Número 7, de Beethoven, hasta  convertirse en diluvio. Las gotas han repiqueteado, arrancando notas musicales de las lonas de las sombrillas, de las carrocerías de los coches, del suelo... Si hubiera poseído una habichuela mágica, como la de Jack, la podría haber plantado entre la hierba, empapada de lluvia, de ese jardín y habría trepado por ella; por encima de las nubes nunca llueve, siempre luce el sol. Luego se ha abierto el cielo y ha dejado ver un poniente dorado.

      Pero a mí me gusta la lluvia de aquí y ver llover, así que no me interesaba subir a las nubes.

      La otra lluvia, la de las metáforas, la que se compara con el sufrimiento, no me gusta. En este caso elijo plantar la habichuela e ir a vivir a las nubes. Lo que pasa es que las habichuelas mágicas no existen. Hay que inventárselas. Y la estancia en las nubes suele ser efímera: más pronto o más tarde el ogro aparece.


      Bilbao, 14 de junio de 2015.

      El escritor John Thomas Fante nació el 8 de abril de 1909 en Denver (Colorado) y murió el 8 de mayo de 1983 en Los Ángeles (California), USA. La diabetes que padecía le privó de la vista y de las piernas en los últimos años de su vida, pero no de su talento.

      John Fante escribió lo que se conoce como «Saga de Arturo Bandini», cuatro habichuelas mágicas entre las que se encuentra Pregúntale al polvo.

      Pregúntale al polvo. No es un libro que haría carrera en las listas de Amazon. Al menos yo no lo veo, aunque me encantaría equivocarme. Ya en su época pasó con más pena que gloria por las librerías. Se lee fácil porque está escrito para que se lea sin dificultad. ¿El argumento?, eso ya va para gustos; y si eres de los que disfrutan con el cascajo olvídate: con esta novela te ibas a aburrir como una ostra.

Knut Hamsun
      John Fante se vio en la necesidad de escribir guiones de cine para sobrevivir. Según él, dichos guiones no valían gran cosa como obras literarias. Pregúntale al polvo es una novela inspirada en las propias vivencias del autor. Narra las vicisitudes de un escritor estadunidense de veinte años, Arturo Bandini, álter ego de Fante, que se mueve por las calles de Los Ángeles en busca de editor. Sueña y sueña con ser rico y famoso gracias a sus novelas. Y entre sueño y sueño sueña con comer otra cosa que no sean naranjas.

      Mientras leía Pregúntale al polvo me acordaba de la novela Hambre, escrita en 1890 por el noruego Knut Hamsun, premio Nobel de Literatura 1920, y encontraba cierto paralelismo entre las dos obras. En la de Hamsun, el protagonista es Widel-Jarlsberg, un escritor con los mismos deseos y aspiraciones que Arturo Bandini, martirizado por el hambre a lo largo de la novela.

      Buscando información, he descubierto que John Fante fue un gran admirador de Knut Hamsun. El título de la novela Pregúntale al polvo lo sacó del libro Pan, de Hamsun.
      Yo no he leído Pan. El párrafo donde Fante halló el título es este:

      «El otro amaba como un esclavo, como un loco y como un mendigo. ¿Por qué? Pregúntale al polvo de la carretera y a las hojas que caen, pregúntale al misterioso Dios de la vida; nadie sabe tales cosas. Ella no le dio nada, nada le dio y todavía él le agradeció. Ella dijo: ¡Dame tu paz y tu razón! Y él sólo se lamentó de que no le pidiese su vida.»

      Goebbels, el siniestramente famoso ministro de propaganda de la Alemania nazi, era un admirador de Hamsun, y Hamsun de Hitler.
      Knut Hamsun, 1859 – 1952.

      Pregúntale al polvo

      Arturo Bandini se aloja en la pensión de la señora Hargraves, que le persigue pidiéndole los atrasos del alquiler; allí coincide con otro huésped, Hellfrick, un tipo estrafalario y gorrón:

      «Sonó un golpe en la puerta, pero guardé silencio porque podía ser la pesada aquella que andaba tras el maldito alquiler. Se abrió la puerta entonces y apareció una cabeza calva, huesuda y con la faz cubierta de barba. Era el señor Hellfrick, que vivía en el cuarto contiguo.
      El señor Hellfrick era ateo, militar jubilado, vivía de una pensión exigua con la que apenas podía pagarse el alcohol que bebía, aunque compraba la ginebra más barata del mercado.»

      Otro de los personajes es Camila López, una camarera de la cual Bandini se enamora:

      «El café era una bazofia. Al cortarlo con la leche me di cuenta de que la leche no era leche, ya que adquirió un color grisáceo y me supo a trapos hervidos. Eran mis últimos cinco centavos y se me encendió la sangre. Busqué en derredor a la chica que me había servido.
      Estaba a cinco o seis mesas de distancia, sirviendo las cervezas que llevaba en una bandeja.
      Me daba la espalda y advertí la morbidez tersa de sus hombros debajo del uniforme blanco, la delicada línea de los músculos del brazo, y el pelo negro, espeso y reluciente, que le caía sobre los hombros.»

      Camila está enamorada de Sammy, un camarero que escribe relatos y al que Bandini desprecia:

      «Me senté y leí los relatos. Tomé notas a propósito de cada línea, de cada frase, de cada párrafo. El estilo era un desastre, una chapuza de aficionado, torpe, impreciso, desigual, ridículo. Horas estuve sentado, fumando un cigarrillo tras otro y riéndome a mandíbula batiente de los esfuerzos de Sammy, burlándome de ellos, frotándome las manos de placer.»


John Fante
      Bilbao, 15 de junio de 2015.

      Camila López. Bandini está enamorado de ella, pero a veces la trata sin ningún respeto:

      «—Las sandalias que calzas, ¿es necesario que las lleves, Camila? ¿Tienes que subrayar hasta ese extremo que siempre has sido y serás una sudaca asquerosa y grasienta?
      Me miró horrorizada, con la boca abierta. Unió las manos, se las llevó a los labios y entró corriendo en el bar. Alcancé a oír sus quejidos: oh, oh, oh.
      Enderecé la espalda y me alejé contoneándome, silbando de satisfacción. En el arroyo de la calle, junto al bordillo, vi una colilla de buen tamaño. No tuve empacho en cogerla, la encendí con un pie metido aún en el arroyo, aspiré el humo y lo expulsé hacia las estrellas.
      Yo era americano y me sentía orgullosísimo de ello, hasta los caireles. La gran ciudad en que estaba, el asfalto poderoso que me sostenía y los edificios soberbios que me cobijaban eran la expresión de mi América. De entre la arena y los cactos los americanos habíamos sabido levantar un imperio. La raza de Camila había tenido su oportunidad. Y la había desaprovechado. Los americanos lo habíamos conseguido. Gracias, Dios mío, por la patria que me has dado. Gracias, Dios mío, por haberme hecho nacer en América.»

      Camila López es americana. Sus antepasados ya eran americanos antes de que América se llamase América, antes de que existiesen los Estados Unidos de América. Es americana estadunidense. Pero Bandini se empeña en decir que es mejicana y se refiere a ella como «princesita mexicana»:

       «Se alejó renqueando hasta una mesa que acababa de desocuparse y se puso a recoger las jarras de cerveza vacías. Estaba dolida, malhumorada y triste. Tomé otro sorbo de whisky y seguí leyendo y releyendo sin parar la carta de Hackmuth. Volvió junto a mi mesa a los pocos minutos.
      —Tú has cambiado —dijo—. Te noto distinto. Me gustabas más antes.
      Sonreí y le di una palmadita en la mano. La tenía caliente, suave, oscura, los dedos eran largos.
      —Princesita mexicana —dije—. Eres encantadora y muy inocente.
      Apartó la mano y comenzó a ponerse pálida.
      —¡Yo no soy mexicana! —dijo——. Soy americana.
      Cabeceé.
      —No —dije—. Para mí serás siempre una obrerita tonta. Una violetera del querido México.
      —¡Macarroni hijoputa! —dijo.
Me dio donde más me dolía, pero seguí sonriendo. Se alejó pisando con fuerza, los zapatos haciéndole daño, conteniéndole las piernas irritadas. Me moría de rabia por dentro y la sonrisa se me había vuelto rígida, como sujeta con tachuelas. Camila limpiaba una mesa próxima a las intérpretes con movimientos enérgicos, su faz semejante a una llama morena.»

      Bandini tiene veinte años; cinco años atrás era un adolescente acomplejado, un niño al que llamaban «macarroni»:

      «¡Ah, Camila! De niño, allá en Colorado, eran Smith, Parker y Jones los que me ofendían con sus motes despectivos, los que me llamaban macarroni, espaguetini y aceitoso, y sus hijos me insultaban como yo te he insultado esta noche. Me hicieron tanto daño que jamás podría ser como ellos, me obligaron a encerrarme en los libros, a encerrarme en mí mismo, a huir de aquel pueblo de Colorado, y a veces, Camila, cuando les veo la cara vuelvo a experimentar la misma humillación, el mismo desprecio de entonces, (…).
      He vomitado al leer su prensa, he leído sus libros, observado sus costumbres, comido su comida, deseado a sus mujeres, abierto la boca ante el arte que producen. Pero soy pobre, mi apellido termina en vocal, me odian a mí y odian a mi padre, y al padre de mi padre, y si por ellos fuera, me sacarían la sangre, me sacrificarían, pero ya son viejos, agonizan al sol y en el polvo tórrido del camino, y yo soy joven y estoy lleno de esperanzas y de amor por mi patria y mi época, y cuando te llamo sudaca y aceitosa, no te lo digo con el corazón, sino por el resabio de una antigua herida, y siento vergüenza por el daño que te he hecho.»

      Camila es maltratada de palabra por Bandini; sin embargo, se acuesta con él. Sammy, de quien está enamorada, la desprecia y le golpea, pero ella sigue amándole:

      «Al final acudiste, mi querida Camila. Arrojaste unas piedrecillas a la ventana, te cogí de la mano para que entraras en la habitación, noté que el aliento te olía a whisky, y me sentí confuso al ver que, un tanto borracha, te sentabas ante la máquina de escribir y que jugueteabas con las teclas mientras se te escapaba una risa floja. Te volviste entonces para mirarme, te vi la cara con nitidez bajo la lámpara, el labio inferior hinchado, la moradura que te enmarcaba el ojo izquierdo.
      —¿Quién te ha pegado? —dije.
      —Ha sido un accidente de tráfico —respondiste.
      —¿Conducía Sammy el otro coche? —dije.
      Y te echaste a llorar, borracha y acongojada. Te acaricié entonces sin que el deseo fuera motivo de preocupación. Me eché a tu lado en la cama, te estreché entre mis brazos y te oí decir que Sammy te despreciaba, que habías ido al desierto al salir del trabajo y que te había golpeado dos veces por despertarle a las tres de la madrugada.»

      Al leer la novela, el personaje de Camila me parecía forzado, novelesco, creado para añadir otro matiz dramático a la historia. No me encajaba que una mujer joven y guapa, de veintidós años, pudiera aguantar a dos cretinos como Bandini y Sammy, en particular a Sammy. Entonces, buscando información para la entrada «…empujados incesantemente hacia el pasado», encontré esta carta de Zelda Sayre a Francis Scott Fitzgerald y… bueno, es posible que Camila no fuera tan irreal, después de todo:

Zelda Sayre
       «Miro hacia el camino y te veo venir y veo tus arrugados pantalones emerger de todas las nieblas y brumas y correr hacia mí. Sin ti, querido, no podría ver ni oír ni sentir ni pensar ni vivir. Te quiero y no permitiré que estemos separados una noche más mientras duren nuestras vidas. Estar sin ti es como pedir clemencia a una tormenta o matar la Belleza o hacerse viejo. Tengo tantas ganas de besarte -en la espalda donde te nace el pelo y en el pechote quiero- y no sé cómo decirte hasta qué punto. Pensar que voy a morir sin que lo sepas, tienes que esforzarte por sentir lo mucho que te quiero, lo inanimada que me quedo cuando te vas. Ni siquiera puedo odiar a esa execrable gente. Nadie tiene derecho a vivir fuera de nosotros, y están ensuciando nuestro mundo y no puedo odiarlos porque te quiero demasiado. Vuelve pronto. Vuelve pronto a mí. No podría soportar estar sin ti, aunque me odiaras y estuvieras cubierto de llagas como un leproso, aunque te escaparas con otra mujer y me dejaras morir de hambre y me golpearas, te seguiría queriendo, lo sé.

      Amante, Amante mío, cariño.

      Tu esposa.»

John Fante
     Bien, no me quiero extender más. Si te va el escribir, te recomiendo esta magnífica novela; puedes encontrar buenas cosas que te ayuden a mejorar como escritor y además es una historia bien contada y entretenida. Si lo que te va es únicamente la lectura, tú sabrás lo que te gusta leer. Lo que sigue es el primer párrafo de Pregúntale al polvo:

      «Cierta noche me encontraba sentado en la cama de la habitación de la pensión de Bunker Hill en que me hospedaba, en el centro mismo de Los Ángeles. Era una noche de importancia vital para mí, ya que tenía que tomar una decisión relativa a la pensión. O pagaba o me iba: es lo que decía la nota, la nota que la dueña me había deslizado por debajo de la puerta. Un problema relevante, merecedor de una atención enorme. Lo resolví apagando la luz y echándome a dormir.»







miércoles, 29 de abril de 2015

Recuerdo aquellos días tan cerca del cielo (Sollozo nepalí)




   Recuerdo aquellos días tan cerca del cielo,
  aquellos días cuando las sonrisas de niños y no tan niños eclipsaban cualquier llanto,
cualquier sollozo, cualquier llamada de socorro. 
Aquellos días vagando por esos enclaves tuyos de imponderable belleza,
donde naturaleza y arte coexistían unidos como dos hermanos siameses,
y en las bellísimas flores de tus rododendros
se podía ver centellear a la luz de la mañana miles de prístinas gotas de rocío.
 Recuerdo tus grandes ebanistas de Bungamati,
la majestuosidad de Patán y sobre todo de Bhatakpur.
Qué decir de Bhatakpur,
 esa maravilla que codo a codo, que obra a obra y calle a calle
le disputa a Venecia las llaves de la ciudad más bella de la Tierra.
Cómo olvidarme de Pokhara y de sus lagos,
de sus gigantescas hamburguesas de búfalo,
 del caos organizado de Katmandú y de su Thamel,
con sus innumerables tiendas, restaurantes, pagodas y templos,
de esos decadentes templos donde ya sólo moran gallos, gatos y gallinas,
pero reza o medita todo el mundo, todo hijo del pueblo.
Pero sobre todo cómo olvidarme de tus ocho ochomiles
y de esas calles repletas de aquellas gentes de eterna sonrisa,
budistas o hinduistas, agricultores o sherpas, santones, taxistas, turistas, montañeros...
Cómo olvidarme de aquel país donde pude acariciar las nubes y el cielo.




PD. Mis más sinceras condolencias a todo el pueblo nepalí y un abrazo muy fuerte a Dharma y Asmita Rai y demás familia. Namaste.
 
*Fotos por Alberto Senda.

jueves, 5 de febrero de 2015

Pregúntale al polvo, de John Fante

preguntale al polvo (4ª ed.)-john fante-9788433967763Hace unos meses el escritor Ianus Bröönco me envió el libro "Pregúntale al polvo" del escritor estadounidense John Fante, hoy por desgracia otra vez algo olvidado. Tenía ganas de acercarme a la obra de este hombre desde hace tiempo, pues sabía que había sido uno de los primeros en describir el desencanto de la sociedad americana tras "los felices años veinte", pero sin hacerlo desde una perspectiva meramente social, resaltando la miseria económica tras la Gran Depresión. Fante va más allá, lo que nos describe es más bien un país, y sobre todo una ciudad (L.A.) distópica, muy en la línea del cine negro de aquella época o de las últimas películas de David Lynch, pero sin recurrir a elementos criminológicos. Con este tipo de cine comparte sobre todo la atmósfera de sordidez, el gusto de sumergirse en los bajos fondos y la simpatía por los fracasados, que en el caso de esta novela es un escritor llamado Arturo Bandini, un más que evidente alter ego del autor, al modo de Henry Chinaski para Bukovski. Autor al que se "adelanta" en cierto modo y para el que fue todo un referente, así como supongo que también lo fue para J.D. Salinger, aunque desconozco si éste lo ha reconocido alguna vez abiertamente tal y como lo hizo en numerosas ocasiones el primero.

  Han sido muchas las cosas que me han gustado del libro, pero destacaría su modernidad y actualidad y sobre todo la magnífica descripción de ese Los Ángeles sórdido y pesadillesco donde (sobre)vive un escritor soñador y desencantado al mismo tiempo, que aspira a publicar algún día una novela de éxito tras una serie de relatos sin apenas repercusión.

  Las obras de Fante, al igual que las de su alter ego literario, tampoco tuvieron mucho éxito. Sólo años más tarde, cuando Charles Bukovski le consideró su maestro, empezaron a tener una aceptable acogida, sobre todo entre los seguidores del autor de Factotum. Aunque para aquélla Fante era ya un anciano que se había quedado ciego y sin piernas a causa de unas complicaciones de la diabetes que padecía. Una triste historia que se repite en el arte una y otra vez.

viernes, 9 de enero de 2015

Una chica sin igual de Noa Pascual

Tercera novela de esta autora valenciana editada en dos volúmenes. En su género, chick-lit, estos libros son frescos y divertidos. Usando expresiones cotidianas y actuales que hacen a sus personajes reales como la vida misma.
Tanto el volumen uno como su continuación nos cuenta la historia de Noa (un personaje ficticio con el mismo nombre que la autora).

Noa es una fotógrafa infravalorada en la empresa donde trabaja. Frustrada emocionalmente por su novio durante años. Esto la deja confundida y con la necesidad de encontrar al amor de su vida.
Tres hombres ricos y atractivos se colocarán en su punto de mira: Adrián, uno de sus jefes; José, psicólogo y Dirck, un empresario alemán.


El gran valor que Noa otorga a la amistad, hace que sus amigos sean como su familia, no dejan de animarla y aconsejarla todo el tiempo.

Novela llena de anécdotas divertidas, la sonrisa está asegurada entre estas páginas aunque también te comerás las uñas y te tirarás de los pelos :)

Puedes adquirir el primer libro aquí y el segundo aquí







viernes, 2 de enero de 2015

Escribir ficción. Criticar ficción

    


     «Sea lo que sea lo que un ser humano lleva dentro, para mostrarlo bien tiene que trabajar en ello con una persistencia indestructible.» (Edith Wharton).


      La última entrada del blog, Escribir un relato, según Edith Wharton, iba acompañada de reflexiones de Edith Wharton, pero no dije de dónde las había sacado. Bueno, pues para aquellos que puedan estar interesados, las saqué del libro Escribir Ficción, de Edith Wharton, traducido y prologado por Amelia Pérez de Villar, colección Voces/Ensayo de la editorial Páginas de Espuma.
      Hay otro libro igual de interesante, Criticar ficción, de la misma autora, la misma traductora, la misma colección y la misma editorial. Os dejo con una entresaca de párrafos de los dos libros: 

         

       

      «La longitud de una novela está más determinada por el tema que por cualquiera de sus demás rasgos. El novelista no debería preocuparse, de entrada, por la cuestión siempre abstracta de la longitud: no debe decidir de antemano si va a escribir una novela corta o una novela larga; pero en el acto de la composición no debe nunca perder de vista que, en una novela, lo ideal es que uno se sienta impulsado a afirmar: “Podría haber sido más larga”, en lugar de “No era necesario que fuese tan larga”.
Editorial Páginas de Espuma


      »Naturalmente, la longitud no es tanto cuestión del número de páginas como de la sustancia y calidad que esas páginas contienen. Es obvio que un libro mediocre siempre resultará demasiado largo, mientras que uno excepcional nos parecerá demasiado corto. Pero más allá de la cuestión de la calidad y el peso específico hay otra más relevante: la del desarrollo que requiere cada tema, la cantidad de tela que nos hace falta soltar. Los grandes novelistas lo saben bien y, con un error de apenas una o dos pulgadas, siempre han cortado la tela de acuerdo con esto.»

      «Seguramente, ninguna otra parte de la novela debe tener una visión más clara de lo inevitable que su final, por lo que cualquier vacilación, cualquier error a la hora de unir los hilos, dejará claro que el autor no ha dejado madurar el tema en su cabeza. Un novelista que no sabe cuándo termina su historia y que sigue estirándola, episodio tras episodio, una vez que ha finalizado, no solo debilita el efecto de la conclusión: también merma el significado de todo cuanto ha expuesto antes.»

      «A mí nunca me ha conmovido la historia aquella de las lágrimas que derramó Dickens por la muerte de la pequeña Nell (personaje de la novela El almacén de Antigüedades [1841], de Charles Dickens), quiero decir, que no me afectó si fueron lágrimas de verdad, lágrimas reales, y no destiladas de la leche del Paraíso. La labor del artista es hacer llorar, pero no llorar él; hacer reír, pero no reír; y, a menos que el llanto y la risa, y la carne y la sangre, sufran transmutación y el artista las convierta en la sustancia con la que se hace el arte, ni son asunto suyo, ni tampoco nuestro.»

                                              

Editorial Páginas de Espuma
      «Cuando publiqué mi primera colección de relatos, una de las primeras críticas que recibió comenzaba así: “Cuando la autora haya dominado los rudimentos de su oficio sabrá que todos los relatos deben comenzar con un diálogo”. A pesar de mi inexperiencia no me afectó el dogmatismo de esta afirmación, porque ya era oscuramente consciente de que cualquier historia, larga o corta, debe comenzar como el tema requiera, que las únicas reglas que hay que tener en cuenta en el arte salen de dentro, y que no deben aplicarse reglas ya preparadas que vengan de fuera.»

      «Mientras lamentaban la ausencia de argumento en mis primeros libros, los críticos se habían puesto de acuerdo, por el momento, en ensalzar lo que llamaron su brillantez. (…); yo escribía como podía, y sentía una felicidad espontánea cuando me ensalzaban. Sin embargo, la experiencia llegó a coartar mi tendencia natural a poner las cosas claras, y fui consciente –felizmente consciente- de que había suavizado mi estilo, reduciéndolo a una textura más lisa que pasaría desapercibida. Y fue en ese momento cuando los críticos volvieron a unirse en un coro de reproches.»