viernes, 19 de junio de 2015

Pregúntale al polvo





      «No hay que tocar a los ídolos; su dorado se nos queda en las manos.»
      (Madame Bovary, de Gustave Flaubert).


      13 de junio de 2015. Sábado por la tarde.

      Ha llovido en Bilbao. No ha sido de repente; primero han caído unas débiles gotas, espaciadas; débiles gotas que han ido in crescendo, como la Sinfonía Número 7, de Beethoven, hasta  convertirse en diluvio. Las gotas han repiqueteado, arrancando notas musicales de las lonas de las sombrillas, de las carrocerías de los coches, del suelo... Si hubiera poseído una habichuela mágica, como la de Jack, la podría haber plantado entre la hierba, empapada de lluvia, de ese jardín y habría trepado por ella; por encima de las nubes nunca llueve, siempre luce el sol. Luego se ha abierto el cielo y ha dejado ver un poniente dorado.

      Pero a mí me gusta la lluvia de aquí y ver llover, así que no me interesaba subir a las nubes.

      La otra lluvia, la de las metáforas, la que se compara con el sufrimiento, no me gusta. En este caso elijo plantar la habichuela e ir a vivir a las nubes. Lo que pasa es que las habichuelas mágicas no existen. Hay que inventárselas. Y la estancia en las nubes suele ser efímera: más pronto o más tarde el ogro aparece.


      Bilbao, 14 de junio de 2015.

      El escritor John Thomas Fante nació el 8 de abril de 1909 en Denver (Colorado) y murió el 8 de mayo de 1983 en Los Ángeles (California), USA. La diabetes que padecía le privó de la vista y de las piernas en los últimos años de su vida, pero no de su talento.

      John Fante escribió lo que se conoce como «Saga de Arturo Bandini», cuatro habichuelas mágicas entre las que se encuentra Pregúntale al polvo.

      Pregúntale al polvo. No es un libro que haría carrera en las listas de Amazon. Al menos yo no lo veo, aunque me encantaría equivocarme. Ya en su época pasó con más pena que gloria por las librerías. Se lee fácil porque está escrito para que se lea sin dificultad. ¿El argumento?, eso ya va para gustos; y si eres de los que disfrutan con el cascajo olvídate: con esta novela te ibas a aburrir como una ostra.

Knut Hamsun
      John Fante se vio en la necesidad de escribir guiones de cine para sobrevivir. Según él, dichos guiones no valían gran cosa como obras literarias. Pregúntale al polvo es una novela inspirada en las propias vivencias del autor. Narra las vicisitudes de un escritor estadunidense de veinte años, Arturo Bandini, álter ego de Fante, que se mueve por las calles de Los Ángeles en busca de editor. Sueña y sueña con ser rico y famoso gracias a sus novelas. Y entre sueño y sueño sueña con comer otra cosa que no sean naranjas.

      Mientras leía Pregúntale al polvo me acordaba de la novela Hambre, escrita en 1890 por el noruego Knut Hamsun, premio Nobel de Literatura 1920, y encontraba cierto paralelismo entre las dos obras. En la de Hamsun, el protagonista es Widel-Jarlsberg, un escritor con los mismos deseos y aspiraciones que Arturo Bandini, martirizado por el hambre a lo largo de la novela.

      Buscando información, he descubierto que John Fante fue un gran admirador de Knut Hamsun. El título de la novela Pregúntale al polvo lo sacó del libro Pan, de Hamsun.
      Yo no he leído Pan. El párrafo donde Fante halló el título es este:

      «El otro amaba como un esclavo, como un loco y como un mendigo. ¿Por qué? Pregúntale al polvo de la carretera y a las hojas que caen, pregúntale al misterioso Dios de la vida; nadie sabe tales cosas. Ella no le dio nada, nada le dio y todavía él le agradeció. Ella dijo: ¡Dame tu paz y tu razón! Y él sólo se lamentó de que no le pidiese su vida.»

      Goebbels, el siniestramente famoso ministro de propaganda de la Alemania nazi, era un admirador de Hamsun, y Hamsun de Hitler.
      Knut Hamsun, 1859 – 1952.

      Pregúntale al polvo

      Arturo Bandini se aloja en la pensión de la señora Hargraves, que le persigue pidiéndole los atrasos del alquiler; allí coincide con otro huésped, Hellfrick, un tipo estrafalario y gorrón:

      «Sonó un golpe en la puerta, pero guardé silencio porque podía ser la pesada aquella que andaba tras el maldito alquiler. Se abrió la puerta entonces y apareció una cabeza calva, huesuda y con la faz cubierta de barba. Era el señor Hellfrick, que vivía en el cuarto contiguo.
      El señor Hellfrick era ateo, militar jubilado, vivía de una pensión exigua con la que apenas podía pagarse el alcohol que bebía, aunque compraba la ginebra más barata del mercado.»

      Otro de los personajes es Camila López, una camarera de la cual Bandini se enamora:

      «El café era una bazofia. Al cortarlo con la leche me di cuenta de que la leche no era leche, ya que adquirió un color grisáceo y me supo a trapos hervidos. Eran mis últimos cinco centavos y se me encendió la sangre. Busqué en derredor a la chica que me había servido.
      Estaba a cinco o seis mesas de distancia, sirviendo las cervezas que llevaba en una bandeja.
      Me daba la espalda y advertí la morbidez tersa de sus hombros debajo del uniforme blanco, la delicada línea de los músculos del brazo, y el pelo negro, espeso y reluciente, que le caía sobre los hombros.»

      Camila está enamorada de Sammy, un camarero que escribe relatos y al que Bandini desprecia:

      «Me senté y leí los relatos. Tomé notas a propósito de cada línea, de cada frase, de cada párrafo. El estilo era un desastre, una chapuza de aficionado, torpe, impreciso, desigual, ridículo. Horas estuve sentado, fumando un cigarrillo tras otro y riéndome a mandíbula batiente de los esfuerzos de Sammy, burlándome de ellos, frotándome las manos de placer.»


John Fante
      Bilbao, 15 de junio de 2015.

      Camila López. Bandini está enamorado de ella, pero a veces la trata sin ningún respeto:

      «—Las sandalias que calzas, ¿es necesario que las lleves, Camila? ¿Tienes que subrayar hasta ese extremo que siempre has sido y serás una sudaca asquerosa y grasienta?
      Me miró horrorizada, con la boca abierta. Unió las manos, se las llevó a los labios y entró corriendo en el bar. Alcancé a oír sus quejidos: oh, oh, oh.
      Enderecé la espalda y me alejé contoneándome, silbando de satisfacción. En el arroyo de la calle, junto al bordillo, vi una colilla de buen tamaño. No tuve empacho en cogerla, la encendí con un pie metido aún en el arroyo, aspiré el humo y lo expulsé hacia las estrellas.
      Yo era americano y me sentía orgullosísimo de ello, hasta los caireles. La gran ciudad en que estaba, el asfalto poderoso que me sostenía y los edificios soberbios que me cobijaban eran la expresión de mi América. De entre la arena y los cactos los americanos habíamos sabido levantar un imperio. La raza de Camila había tenido su oportunidad. Y la había desaprovechado. Los americanos lo habíamos conseguido. Gracias, Dios mío, por la patria que me has dado. Gracias, Dios mío, por haberme hecho nacer en América.»

      Camila López es americana. Sus antepasados ya eran americanos antes de que América se llamase América, antes de que existiesen los Estados Unidos de América. Es americana estadunidense. Pero Bandini se empeña en decir que es mejicana y se refiere a ella como «princesita mexicana»:

       «Se alejó renqueando hasta una mesa que acababa de desocuparse y se puso a recoger las jarras de cerveza vacías. Estaba dolida, malhumorada y triste. Tomé otro sorbo de whisky y seguí leyendo y releyendo sin parar la carta de Hackmuth. Volvió junto a mi mesa a los pocos minutos.
      —Tú has cambiado —dijo—. Te noto distinto. Me gustabas más antes.
      Sonreí y le di una palmadita en la mano. La tenía caliente, suave, oscura, los dedos eran largos.
      —Princesita mexicana —dije—. Eres encantadora y muy inocente.
      Apartó la mano y comenzó a ponerse pálida.
      —¡Yo no soy mexicana! —dijo——. Soy americana.
      Cabeceé.
      —No —dije—. Para mí serás siempre una obrerita tonta. Una violetera del querido México.
      —¡Macarroni hijoputa! —dijo.
Me dio donde más me dolía, pero seguí sonriendo. Se alejó pisando con fuerza, los zapatos haciéndole daño, conteniéndole las piernas irritadas. Me moría de rabia por dentro y la sonrisa se me había vuelto rígida, como sujeta con tachuelas. Camila limpiaba una mesa próxima a las intérpretes con movimientos enérgicos, su faz semejante a una llama morena.»

      Bandini tiene veinte años; cinco años atrás era un adolescente acomplejado, un niño al que llamaban «macarroni»:

      «¡Ah, Camila! De niño, allá en Colorado, eran Smith, Parker y Jones los que me ofendían con sus motes despectivos, los que me llamaban macarroni, espaguetini y aceitoso, y sus hijos me insultaban como yo te he insultado esta noche. Me hicieron tanto daño que jamás podría ser como ellos, me obligaron a encerrarme en los libros, a encerrarme en mí mismo, a huir de aquel pueblo de Colorado, y a veces, Camila, cuando les veo la cara vuelvo a experimentar la misma humillación, el mismo desprecio de entonces, (…).
      He vomitado al leer su prensa, he leído sus libros, observado sus costumbres, comido su comida, deseado a sus mujeres, abierto la boca ante el arte que producen. Pero soy pobre, mi apellido termina en vocal, me odian a mí y odian a mi padre, y al padre de mi padre, y si por ellos fuera, me sacarían la sangre, me sacrificarían, pero ya son viejos, agonizan al sol y en el polvo tórrido del camino, y yo soy joven y estoy lleno de esperanzas y de amor por mi patria y mi época, y cuando te llamo sudaca y aceitosa, no te lo digo con el corazón, sino por el resabio de una antigua herida, y siento vergüenza por el daño que te he hecho.»

      Camila es maltratada de palabra por Bandini; sin embargo, se acuesta con él. Sammy, de quien está enamorada, la desprecia y le golpea, pero ella sigue amándole:

      «Al final acudiste, mi querida Camila. Arrojaste unas piedrecillas a la ventana, te cogí de la mano para que entraras en la habitación, noté que el aliento te olía a whisky, y me sentí confuso al ver que, un tanto borracha, te sentabas ante la máquina de escribir y que jugueteabas con las teclas mientras se te escapaba una risa floja. Te volviste entonces para mirarme, te vi la cara con nitidez bajo la lámpara, el labio inferior hinchado, la moradura que te enmarcaba el ojo izquierdo.
      —¿Quién te ha pegado? —dije.
      —Ha sido un accidente de tráfico —respondiste.
      —¿Conducía Sammy el otro coche? —dije.
      Y te echaste a llorar, borracha y acongojada. Te acaricié entonces sin que el deseo fuera motivo de preocupación. Me eché a tu lado en la cama, te estreché entre mis brazos y te oí decir que Sammy te despreciaba, que habías ido al desierto al salir del trabajo y que te había golpeado dos veces por despertarle a las tres de la madrugada.»

      Al leer la novela, el personaje de Camila me parecía forzado, novelesco, creado para añadir otro matiz dramático a la historia. No me encajaba que una mujer joven y guapa, de veintidós años, pudiera aguantar a dos cretinos como Bandini y Sammy, en particular a Sammy. Entonces, buscando información para la entrada «…empujados incesantemente hacia el pasado», encontré esta carta de Zelda Sayre a Francis Scott Fitzgerald y… bueno, es posible que Camila no fuera tan irreal, después de todo:

Zelda Sayre
       «Miro hacia el camino y te veo venir y veo tus arrugados pantalones emerger de todas las nieblas y brumas y correr hacia mí. Sin ti, querido, no podría ver ni oír ni sentir ni pensar ni vivir. Te quiero y no permitiré que estemos separados una noche más mientras duren nuestras vidas. Estar sin ti es como pedir clemencia a una tormenta o matar la Belleza o hacerse viejo. Tengo tantas ganas de besarte -en la espalda donde te nace el pelo y en el pechote quiero- y no sé cómo decirte hasta qué punto. Pensar que voy a morir sin que lo sepas, tienes que esforzarte por sentir lo mucho que te quiero, lo inanimada que me quedo cuando te vas. Ni siquiera puedo odiar a esa execrable gente. Nadie tiene derecho a vivir fuera de nosotros, y están ensuciando nuestro mundo y no puedo odiarlos porque te quiero demasiado. Vuelve pronto. Vuelve pronto a mí. No podría soportar estar sin ti, aunque me odiaras y estuvieras cubierto de llagas como un leproso, aunque te escaparas con otra mujer y me dejaras morir de hambre y me golpearas, te seguiría queriendo, lo sé.

      Amante, Amante mío, cariño.

      Tu esposa.»

John Fante
     Bien, no me quiero extender más. Si te va el escribir, te recomiendo esta magnífica novela; puedes encontrar buenas cosas que te ayuden a mejorar como escritor y además es una historia bien contada y entretenida. Si lo que te va es únicamente la lectura, tú sabrás lo que te gusta leer. Lo que sigue es el primer párrafo de Pregúntale al polvo:

      «Cierta noche me encontraba sentado en la cama de la habitación de la pensión de Bunker Hill en que me hospedaba, en el centro mismo de Los Ángeles. Era una noche de importancia vital para mí, ya que tenía que tomar una decisión relativa a la pensión. O pagaba o me iba: es lo que decía la nota, la nota que la dueña me había deslizado por debajo de la puerta. Un problema relevante, merecedor de una atención enorme. Lo resolví apagando la luz y echándome a dormir.»







11 comentarios:

  1. No he leído mucho a Hamsun, a pesar de que es un autor que me interesa, y no tenía ni idea que el título de la novela de Fante era un homenaje al escritor escandinavo, y en concreto a esa novela, Pan, que no he leído.
    Por otra parte, siempre me ha resultado fascinante el magnetismo que poseían los nazis para convencer a grandes intelectuales. Al final le voy a tener que dar la razón a Dalí, y decir que la clave residía en sus uniformes:) Aunque cuando se conocieron en persona Hitler y Hamsun tengo entendido que se produjo una mutua decepción, al contrario de lo sucedido con Napoleón y Goethe, que llevó a un Hamsun ya anciano a retractarse de sus simpatías nazis y a disculparse ante su pueblo.

    Como ya hice hace unos meses, aprovecho la ocasión de recomendar esta gran novela, sobre todo a los escritores o a los aspirantes a serlo, y en particular a los que no se quieran amoldar a ninguna moda y quieran ir en pos de la autenticidad.

    Gran entrada, Gerard. Has mejorado en mucho la mía.

    Un abrazo!

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  2. Sí, es verdad que hubo intelectuales que simpatizaron con la ideología nazi (qué lástima), pero también es verdad que eran intelectuales a los que la ideología nazi colocaba en el lado de los pueblos superiores (entonces: ¿intelectuales? A mí no me encaja).
    La reunión de Hitler y Hamsun está grabada, se realizó en el Nido del Águila, la casa que tenía Hitler en los Alpes Bávaros. Hace unos meses la dieron en la tele, en un programa sobre la Segunda Guerra Mundial. Hitler se llevó un rebote tremendo cuando Hamsun le dijo que los soldados alemanes trataban mal a los noruegos.
    Los uniformes nazis los diseñó Hugo Boss (1885-1948); la calavera la tomó prestada de los Húsares de la Muerte prusianos. Su puesta en escena puede resultar fascinante para un público que mira al dedo, cuando el dedo señala la luna. Pero ¿a un gran intelectual?
    ¿Te puedes imaginar a un gran intelectual vestido de SS?
    Yo pensaba hasta hace poco que los símbolos nazis eran aborrecidos por las democracias, pero después de ver a las milicias neonazis ucranianas que luchan en Novorrusia con el wolfsangel pintado en los carros blindados y cosido en la manga de sus uniformes, apoyadas por las democracias europeas, me lo estoy replanteando. ¿Estaremos en el resplandeciente renacimiento de nuevos grandes intelectuales fascinados por el ideal nazi?

    ¡Un abrazo!

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  3. Sí, algunos intelectuales habría que ponerlos entre comillas.
    Sabía que el encuentro había sido en el Nido del Águila, lo recuerdo porque era una de las escenas clave de la película Hamsun, que protagonizó hace ya unos cuantos años Max Von Sydow.
    A las cleptocracias europeas lo único que les mueve es el dinero, todo lo demás le da igual. Al fin y al cabo la Segunda Guerra Mundial fue una guerra de liberación... económica;)

    A tu última pregunta respondo que espero que no, pero dada la vacuidad en la que se mueven las nuevas ideologías, los eternos necesitados de este soma supongo que son capaces de aferrarse a cualquier cosa.

    Otro abrazo.

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  4. Yo también lo espero.
    No he visto esa peli, ¿qué tal está?

    Un abrazo.

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  5. A mí me pareció interesante. Se centra en el Hamsun de la época nazi y el posterior, el avergonzado de sus antiguas simpatías y señalado por su pueblo. La interpretación de Max Von Sydow es, como casi siempre en su caso, soberbia. Sin ser una obra redonda, considero que merece la pena verla.

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  6. Pregúntale al polvo si aún existo...
    y allí en mi camino, me gustaría ver tus pasos,
    al menos tu sombra
    tu amarga sonrisa
    o al menos una gota de tus lágrimas
    así
    tenebroso
    y triste
    pero al menos
    sé que sigues ahí...
    en el camino...Janett Camps

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  7. Hola, Janett.

    He leído esta poesía en mi blog y me ha gustado mucho. Como siempre, eres fenomenal expresando tus sentimientos.

    Un abrazo.

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  8. He tardado en comentar este post no por falta de ganas, sino por no saber exactamente que decir.
    En mi caso, tengo la sensación que CASI le vendes una nevera a un esquimal. Es decir, que desde que conozco la existencia de este autor y su obra no me han llamado especialmente la atención; pero con este post has logrado captar cierto interés por mi parte. Muy buen artículo.

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  9. Una letra
    Puede hablarte
    De tus surcos
    Tus caminos
    Y a veces el flujo
    De tu sangre
    Cargada de dolor

    Una letra puede
    Muchas veces
    Decir con
    Gritos y notas
    De tinta
    Quien eres
    Como eres
    Y los sueños
    Troncados
    O las guerras ganadas


    Una letra
    Puede decir
    Te amo
    O romper con estruendo
    Tu alma y corazón

    Una letra puede decir

    Soy yo!

    El grito infinito

    De mi ser
    Y mi existir
    Y si esa letra es el sonido de tu don, entonces tienes nombre con apellido.

    Janett

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