martes, 1 de septiembre de 2015

Relato «¡Maldito seas!» de José Salieto



En el libro «Historias al otro lado de la razón», José Salieto presenta una serie de relatos que te adentran a lo más profundo de la mente humana. Cada uno de ellos muy diferentes entre sí pero con un factor común, un final sorprendente.
Algunos de estos relatos te hacen reflexionar sobre hasta qué punto puede llegar la humanidad por egoísmo, interés o simple locura.
Traigo uno de los relatos como muestra del trabajo de este gran autor:





                                                                  ¡MALDITO SEAS!


La mujer aún no habría cumplido los sesenta años, tenía buena presencia, pero estaba aterrorizada ante el hombre que había frente a ella y que impasiblemente la estaba atando de pies y manos a la cama, a pesar de los esfuerzos que ella hacía para evitarlo.

Le suplicó, le rogó, le prometió que le daría todo el dinero y las joyas de la casa; pero él no parecía escucharla.
Ella gritó pidiendo auxilio, suplicando que no le hiciera daño, que qué era lo que quería. Pero él no dijo ni media palabra. La trataba con delicadeza, eso sí, pero la obligó a recostarse y ató cada una de sus cuatro extremidades a los barrotes de la cama. Luego, le levantó el vestido hasta más arriba del vientre y ella comenzó a temerse lo peor.
-¡No por favor, no me toque, no me haga nada, se lo ruego! ¡Socorro, que alguien me ayude!


Él no mostraba ninguna violencia, ninguna prisa, y con la mayor serenidad, le fue bajando las medias hasta los tobillos, ignorando el llanto de la mujer. Luego, le liberó uno de los pies, soltando el gancho que para tal fin había anudado a las cintas que le ataban las extremidades, facilitando su labor. Extrajo la media sujetándole fuertemente la pierna, evitando los intentos de la mujer por patearle defendiéndose y luego volvió a sujetar el gancho a los barrotes de la cama, dejándola inmovilizada.


Después repitió el proceso con la otra pierna. Ella lloraba y gritaba, llamando a la policía, a cualquiera que pudiera oírle. Él ni siquiera la miraba, siempre con la cabeza gacha, sereno, impasible.


Una vez quitadas las medias, procedió a bajarle las bragas cuanto pudo, ignorando las súplicas de la aterrada mujer. Inició el mismo procedimiento que acababa de hacer con las medias y, primero con una pierna y luego con la otra, forcejeando para evitar sus patadas, acabó por extraerle las bragas.


-¡Maldito seas! ¿Quién eres, por qué me haces esto? -lloraba ella.


El hombre desabrochó y extrajo el enorme pañal y luego, colocando una de sus manos por debajo de su cintura, con la otra lo retiró a la vez que lo restregaba por la parte alta de su trasero, igual que se limpia a un bebé. Lo dobló sobre sí mismo y lo dejó en el suelo.


Mientras ella lloraba, él, siempre en silencio, con delicadeza y casi sin valor para mirarla a la cara, la lavó, la secó, y le colocó otro pañal. Invirtió el proceso para volverle a colocar sus bragas y sus medias y luego, la desató y se dejó golpear por los rabiosos puños de ella, que lo maldecía y lo insultaba mientras seguía pidiendo socorro.
El hombre salió de la habitación, casi tambaleándose. Se dirigió hacia el salón, encendió la televisión para no oír los gritos de su esposa, como solía hacer tan a menudo, y se dejó caer en una silla. Entonces todas sus fuerzas se vinieron abajo y rompió a llorar sin consuelo, mientras se decía una y otra vez: «Maldito alzheimer. ¡Maldito alzheimer!».




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