miércoles, 20 de abril de 2016

Escribir no es hacer tornillos.

Ayer estaba viendo el tercer capítulo de la nueva serie de televisión El Caso, cuando la actriz que hace de Margarita Landi dijo algo que me hizo sonreír: 

“Escribir no es hacer tornillos, caballero”. 

Obviamente, me sentí identificada, aunque yo no sea periodista. Por desgracia la correcta redacción de textos, sea de la clase que sea, no parece que esté muy valorada hoy en día. He aprendido a que no me afecte físicamente, porque si no, cada vez que entro en Facebook (o en algunos blogs, que eso es peor) saldría al borde del infarto.

Pero hoy dejaré de lado esa espinita que tengo clavada y tiraré por el camino de la reflexión. Escuchar esa frase me ha hecho preguntarme a mí misma: “Y bien, ¿qué es escribir? ¿Cómo explicarle a alguien en qué consiste la profesión de escritor?” Porque, sin duda, es algo más que saber poner palabras una detrás de otra, a poder ser con los signos de puntuación debidos.

Bueno... veamos. Creo que para escribir primero debes tener algo que contar, que quizá sea lo realmente difícil. Para tener algo que contar, tienes dos opciones: haber vivido mucho o tener muy buena imaginación. Si tienes las dos, genial. Y para imaginar diría que es importante haber leído mucho, aunque no creo que sea imprescindible. Esto es porque en general tenemos muy infravalorado el subconsciente. Muy pocos saben lo que puede salir de ahí si realmente sabes conectar con él, pero yo puedo decir que al menos un 70% de lo que escribí en mis dos primeras (y únicas) novelas provenía de mi subconsciente. No sé si eso es bueno o malo. Lo que sí sé es que es un poco aterrador, si te paras a pensarlo.

Una vez que tienes o crees tener algo que contar (yo por lo general solo suelo tener el 10% de la historia cuando empiezo a escribirla), toca encontrar las palabras adecuadas para expresar lo que quieres decir y el orden en que vas a contarlo. Cada vez que haces eso, tienes que buscar también la perspectiva desde la que vas a describir los acontecimientos, porque no es lo mismo quedarte con el papel de narrador objetivo y pasivo (en mi opinión una posición bastante aburrida) que estar cambiando continuamente de personaje para pensar como él lo haría en cada una de las situaciones y hacerle tomar las decisiones que él tomaría. Yo, esto último, lo adoro. Y también me engancha cuando leo un libro escrito de esa manera. Si no puedes meterte en la mente del personaje y ver el mundo a través de una persona distinta, apaga y vámonos. No me suelen gustar las historias llenas de insulsas descripciones de los hechos o breves diálogos que más parecen un guión de televisión (y podría añadir, en el caso de la mayoría de series españolas, interpretado por actores españoles que parece que les enseñaron a todos a hablar con un tonillo antinatural y monocorde). Digamos que prefiero las intensas pasiones, el lenguaje claro y realista, contundente y sin adornos. Ver que los personajes tienen sentimientos, que cada uno es distinto, con distintas motivaciones y objetivos. Pero supongo que esto es personal y sobre gustos no hay nada escrito. Lo que importa es que como escritor te las ves negras para conseguir esto, que dicho así parece fácil pero no, no lo es. Por algo hay escritores buenos, que saben transmitir algo en sus historias, y escritores del montón. Aunque, la verdad, viendo a quiénes dan los premios Nobel de literatura, es muy posible que yo no supiera clasificarlos adecuadamente.



Algunos escritores afirman que las musas les ayudan a escribir. Yo no me lo creo. Si eres un escritor que empieza, te voy a contar un secreto: lo que más ayuda es que no pares de leer ni de escribir. Leer, porque cuanto más amplio sea tu vocabulario, mejor. Además, leer a otros escritores te puede dar ideas o estimular tu creatividad. Supongo que muchos de nosotros empezamos queriendo imitar a otros autores. Y escribir, porque por mucho que leas, si no utilizas las palabras que tienes en el cerebro, en la capa más externa, no te serán de fácil acceso jamás, y así no llegarás a ningún lado como escritor. Es como querer utilizar una máquina desengrasada.

Sí que creo en la inspiración, un poco. Es verdad que la inspiración debe llegarte cuando estás escribiendo. Si te pilla en la cola del paro o en el autobús, es probable que cuando vayas a escribir aquello que te estaba pasando por la cabeza, ya se te haya olvidado o lo hagas con palabras mucho más burdas. Por eso —y que esto quede entre tú y yo— yo me solía llevar una libretita al trabajo, y si la inspiración me llegaba mientras estaba haciendo una palpación rectal a un perro (creo que no me ha pasado nunca pero puede pasar, créeme), pues en cuanto estaba libre corría a anotar eso que se me había ocurrido. En realidad creo que la inspiración no es más que esa profunda conexión que se produce con tu subconsciente que te permite sacar todo lo bueno y malo que hay en ti, aunque por supuesto tienes la libertad de hacer creer al lector que al que se le va la olla es el personaje ficticio que has creado. Es entonces cuando las palabras fluyen de verdad. Además es ideal que logres vencer las barreras que siempre están ahí cuando escribimos, barreras tipo: “Esto no lo puedo escribir porque es muy fuerte, o muy violento, o no me produce una buena sensación”, o “Esto no le va a gustar a mis lectores, y si lo lee mi padre va a pensar que estoy loca”. Si lo haces, de manera que toda tu alma se vierta en el papel (o, ya en nuestros tiempos, la pantalla del ordenador), creo que sin duda alguna habrás conseguido hacer un grandísimo trabajo. Siempre digo que si algo que he escrito me sigue emocionando cuando lo leo meses después, posiblemente es porque es bueno de verdad y tiene el potencial de emocionar a los demás. Que, para mí, es uno de los principales objetivos cuando escribo.  

Hala, os dejo que hagáis vuestros propios tornillos... si podéis.

jueves, 7 de abril de 2016

Recordando Egipto


¿Autoridad egipcia? entregando un estetoscopio al médico
Hace ya algo más de catorce años tuve la oportunidad de pasar un par de semanas en Egipto. Fue un viaje fascinante al lugar donde surgió lo que más tarde se llamaría Civilización Occidental. Recuerdo que preparé ese viaje casi como quien prepara una tesis doctoral. Leí, y volví a leer en algunos casos, como una veintena de libros sobre Egipto, desde ejemplares de la egiptología o arqueología más ortodoxa hasta los más heterodoxos y/o extravagantes. Después de todos estos años, de los que más grato recuerdo he conservado han sido de dos obras bastante heterodoxas y con ciertos tintes esotéricos: La Serpiente Celeste de John Anthony West y el libro al que este primero rinde homenaje y reconocimiento: El Templo del Hombre, del filósofo, matemático y ocultista francés René Schwaller de Lubicz. Aunque hablar de esoterismo parece una obligación cuando abordamos el antiguo Egipto, algunos lo obvian y muchos otros abusan o se van por los cerros de Úbeda, como el entrañable Erich Von Däniken y sus extraterrestes constructores de pirámides.

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Resultado de imagen de espermatozoide kom ombo   Gracias a todos estos libros llegué al país del Nilo con unos conocimientos bastante aceptables sobre su historia antigua (hoy algunos de ellos por desgracia olvidados o al menos bastante oxidados), que me permitieron participar, compartiendo en muchas ocasiones una shisha, en interesantes conversaciones con otros viajeros, pero sobre todo con mi guía Abdul, un hombre que por aquel entonces tenía veinticinco años y que había estudiado filología hispánica y dos años de egiptología.  Abdul era un hombre bastante culto, y había leído bastante más literatura hispánica que la inmensa mayoría de españoles que yo conocía. Su visión sobre el antiguo Egipto era algo más ortodoxa que la mía, pero su mente era abierta y siempre estuvo encantado de conocer "mis" teorías, a veces para aplaudirlas, otras para refutarlas y la mayoría quizás para simplemente escucharlas.

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  Abdul era y seguramente haya continuado siendo un hombre muy religioso, creía observar a veces en el cielo como las nubes dibujaban en árabe "No hay más Dios que Alá y Mahoma es su profeta", pero respetaba las demás religiones, costumbres y creencias; pero lo que más se resistía a admitir era el hecho de que en muchos aspectos la antigua Civilización Egipcia estuviese más avanzada en ciertos conocimientos técnicos y científicos que la Arabia de Mahoma o incluso que nuestra época misma.

  Fueron muchos templos los visitados y admirados junto a él y un pequeño número de turistas o viajeros. De Abdul fue la sabia idea de levantarnos muy temprano (como a las cinco de la mañana), para, tras desayunar, irnos a los templos y poder disfrutarlos con los primeros rayos de luz sin el agobio del calor y de las turbas turísticas. Muchos de esos templos, para este servidor de nadie, acabaron casi que eclipsando a las grandes Pirámides. Me emociono todavía al recordar mis primeros y hasta el momentos únicos pasos en los templos de Luxor, Karnak, Menfis, Abu Simbel, Dendera, Sacqara,  Edfú, el de la Reina Hatshepsut..., y me sigue carcomiendo tanto hoy como hace casi ya tres lustros, el no haber podido visitar el gran templo de Sethy I en Abydos. Pero hoy no me dispongo a hablar de ninguno de los citados, sino brevemente del de Kom ombo, el Templo de la medicina, cuya construcción se inició hace unos 2200 años,  ya en época Ptolemaica, y que en realidad es el Templo de Sobek y Haroeris, los dioses a los que está dedicado.

   Kom ombo era y es una ciudad situada en la orilla oriental de Nilo, es decir en la orilla de la Vida, a unos cuarenta kilómetros al norte de Asuán y a unos 165 al sur de Luxor. Y si existe un templo que tenga sentido que esté en dicha orilla es el de Kom Ombo, pues era la Ciencia de mantenerse con Vida lo que se puede ver por doquier en sus fascinantes bajorrelieves, llamésele ya magia o medicina, seguramente un poco o un mucho de las dos. Y de ellas o de una mezcla de ambas vamos a hablar un poco. 

 
Mujer en posición de dar a luz, teniendo a su derecha instrumental quirúrgico
  Y no, los egipcios no trepanaban con martillo y cincel como se dice en ciertos documentales; eran mucho más sofisticados que todo eso, como se puede ver por el instrumental quirúrgico de la fotografía de más arriba.
Mujer dando en luz (Bajorrelieve en el templo de Kom Ombo)
  Como he dicho hace un momento, al menos las clases pudientes disponían de preservativos (¡sí condones!) y el faraón Ramsés II poseía una especie de trono-ascensor hidraúlico con el que probablemente se presentaba ante las masas enfervorizadas, el cual también se conserva en el museo de El Cairo, así como  también dispusieron en diversos templos (al parecer, no para uso público) de la máquina de vapor, inventada o quizás redescubierta en el siglo I de nuestra era por Herón de Alejandría, y probablemente, al igual que los sumerios, también descubrieron la luz eléctrica, hito de la antigüedad que fue observable en el museo de historia de Bagdad hasta que en el expolio que sufrió en el año 2003 desaparecieron, entre miles de objetos de incalculable valor, las famosas pilas o baterías del periodo parto.

  Otro detalle muy curioso del templo de Kom ombo, que me comentó en su día Abdul, y que no he leído en ningún libro, es que éste disponía de unas habitaciones o cámaras, sitas en lugares estratégicos del templo, que eran destinadas a "recargar" la energía de los pacientes. Lo que sí he encontrado es a autores que especulan (sin demasiadas pruebas de ello, todo hay que decirlo) que los egipcios fueron capaces de reconducir la energía telúrica por medio de los obeliscos, como si con éstos practicaran una especie de acupuntura terrestre, algo que no voy a negar que me encantaría que fuese cierto, pero de momento nadie parece estar en condiciones de poder probar.