martes, 14 de marzo de 2017

Aprendiendo a desaprender

  Creo que siempre he sentido una sed insaciable por conocer, lo que me ha llevado a interesarme por infinidad de cosas desde mi más tierna infancia. Supongo que todos los niños actúan así. Lo que ya es algo más inusual es seguir haciéndolo de adulto. Lo cual ha provocado que me haya pasado toda la vida aprendiendo y aprendiendo. Y en concreto, últimamente he estado realizando diversos cursos en el ámbito de la salud (por eso y por ver crecer a mi hija he estado tan ausente), donde la formación de uno nunca parece suficiente, hasta que recientemente me topé con otro curso llamado Osteopatía bioenérgetica y pediátrica. Al principio me interesó el hecho de poder tratar a los niños con mayor solvencia y sobre todo con mayor seguridad de cómo lo venía haciendo hasta ahora. Y uno de los pilares básicos de la osteopatía bioenérgetica es no tratar a los niños directamente, sino a los padres, o al menos a uno de ellos. Los niños deben estar presentes, pero pueden jugar, pintar, incluso intentar destrozar la habitación o consulta :). Pero a quien verdaderamente vamos a tratar es, al menos, a uno de sus padres, pues al fin y al cabo la mayoría de las somatizaciones infantiles son provocadas por sus progenitores. Los niños tienen una capacidad de recuperación y autosanación asombrosa, debido precisamente a ese don, se ha afirmado estúpidamente que los niños son más proclives al efecto placebo que los adultos. Evidentemente se están confundiendo ambas cosas.
  Lo otro que llamaba poderosamente mi atención de esta "técnica" era el hecho de, precisamente, prescindir de cualquier técnica, de dejar de ser terapeuta y convertirse en la terapia. Olvidarse de las patologías porque éstas con un poco de entrenamiento las puede encontrar cualquiera. Lo difícil es hallar la salud y la belleza, y lo es tanto porque normalmente el médico o terapeuta busca precisamente lo contrario. Y esa belleza y esa salud, según la osteopatía bioenergética, sólo se puede hallar, mediante el "no hacer", máxima de origen taoísta que a mí siempre me ha gustado más traducir por "dejar hacer" (a la naturaleza, al organismo) o "no intervenir". Pero para poder prescindir de cualquier técnica, para poder dejar a un lado todo lo que uno ha aprendido, se hace necesaria una labor enorme de desaprendizaje, con el fin de quedar totalmente desnudos ante el paciente y poder saltar juntos, cogidos de la mano, al vacío, a esa nihilidad taoísta donde no hay obstáculos, pero tampoco asideros. Evidentemente no todos los pacientes demandarán algo así, al igual que no todas las situaciones de la vida demandan semejante desaprendizaje, pero muchas veces, sobre todo cuando tratamos con el inconsciente, todo lo aprendido parece sobrar, se hace superfluo o como mucho no deja de ser un bello envoltorio con el que cubrimos nuestra arrogancia, nuestro estupor o nuestra ignorancia.
   Ahora empiezo a sospechar que para ser un buen escritor, en muchas ocasiones deberíamos olvidarnos de la técnica y de los conocimientos y convertirnos de esta forma en Literatura, pues al fin y al cabo, al igual que encontrar patologías, escribir puede escribir cualquiera.